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LAS CABRAS Y SU ESTRELLA" LIBRO: VERSION ON LINE DEL

"EL COYA DE LAS CABRAS Y SU ESTRELLA" LIBRO: VERSION ON LINE DEL


 

                   DE SAYA MAABAR

Todos los derechos reservados. (Próximamente en versión de papel en Librerías)

Se permite su reproducción total o parcial, sin fines comerciales, mencionando el autor y la página web de procedencia.

EL  COYA  DE LAS  CABRAS  Y  SU  ESTRELLA

                     Saya  Maabar

 

 

 

 

 

DEDICADO A:

 

 

 

 

El niño del pasado:

mi hermano Alejandro B. Barrientos

 

 

Y

 

 

A los niños del futuro:

mi ahijada Paloma Gabriela Fernández Parcero, su hermana Celeste Paz Fernández Parcero

y Antonio y Leila Gelabert

 

 

 

 

 

 

 

 

¡OH! Caminito reseco,

Senda del amor

Tierra de raza te cubre, rocas añosas te marcan,

¿A dónde vas?

El viento acaricia tu superficie,

Lleva la brisa del mar,

El rumor de la nieve al caer,

La majestuosidad de los Andes

Y el arrullo del manantial.

¡Es la voz de la Patria!

¿Quién la oirá?

En la inmensa soledad

Tu voz se escuchará

Con un sonido distinto…

¡Cantarás…Cantarás!

 

 

 

COYA: Tus ojos son expresión de la tierra y tu rostro, la inmortalidad de la raza.

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En un ambiente reseco y árido, donde la lluvia parece haberse olvidado de su gente, donde sólo roca y tierra marrón colorada enmarcan el paisaje, muy lejana - casi perdida - se ve una lucecita tenue y endeble.

 

La casa hecha de panes de tierra y caña parece una alucinación del desierto; una mesa de madera y cuatro sillas, un aparador rústico de mano de obra casera olvidado en un rincón, una banqueta con un almohadón al que los años han consumido el color. En la parte de afuera; un rescoldo, una tina, el horno de barro y un corral; luego, el silencio de la noche en la Puna.

Ese silencio cortante como el frío de las noches y asfixiante como el calor de sus tardes. Esa inmensa soledad de la distancia que hace a su gente reservada y con  un dejo de tristeza. Un cielo estrellado con una luna redonda y brillante que hace de techo, dando cierta luminosidad a las rocas y tal vez, a su gente.

Allí vive Doña Laila y su nietecito de seis años, más algunos recuerdos de los tiempos pasados, donde la risa de sus otros seis nietos alegraban el lugar.

 

                                                                                                                          I

 

Entre rocas y silencio, mi coya va, caminando lentamente con su quena y sus cabras. Mira con ojos redondos, casi con sorpresa, el paisaje tan conocido.

Cuida sus cabras con dedicación y esmero, es el hombre de la casa, como dice su abuela, y sin sus cabras, no habría queso, ni leche, ni carne para sobrevivir. Ellas son su vida, sus juegos, su trabajo diario.

Con su carita oscura, su ropa vieja y descolorida, su gorra y su atadito con pan y algo de queso, el changuito de las cabras comienza un día más.

Se sienta al reparo del sol calcinante del día y espera; pero también sueña, le habla al rebaño como si le escuchara, mientras  él, manso y lento, se mueve por el lugar. ¿Qué sueña mi coya?…¿Qué espera?, toca la quena y una melodía tierna y dulce se desplaza por las inmensas distancias a través de la Puna, como un lamento, como una plegaria se va perdiendo entre la soledad del tiempo que pasó sin cambiar nada, sólo agregando arrugas en la cara de los ancianos y tristeza en los ojos de mi coya.

Llega la nochecita  con el regreso a casa, las cabras al coral y mi coya a su tazón de leche y su pan casero, cuando hay. Luego a los cuentos de la abuela y en el frío de la noche mi coya ¿a dónde va?. A sentarse en la tierra, como todas las noches, a observar el cielo. ¿Qué espera mi coya?

 

II

 

En el cielo dos nuebecitas conversan, murmuran mirando fijamente a una hermosa estrella brillante que soberbia y altiva, se hace la indiferente.

 

-   Nube gris: ¿y si le dijéramos?

-         Nube blanca: no, no nos escuchará

-         Nube gris: pero si le explicáramos…

-         Nube blanca: ¡es una estrella! No entenderá.

-         Nube gris: pero, ¡es el sueño del niño!

-         Nube blanca: sí, tal vez, pero…

-         Nube gris: no cuesta nada intentar.

-         Nube blanca: tienes razón, el coyita lo merece.

 

¿De qué hablan las nubes? ¿De mi coya?

 

Nube gris toma la decisión y ambas se acercan a la estrella que majestuosamente expande más luz al verlas acercarse.

 

-         Nube gris: Señora Estrella, ¡Oh magnífica! Nosotras queríamos pedirle…

-         Nube blanca: es decir, si Usted quisiera escucharnos un minuto.

-         Estrella: ¡Basta ya! ¿Qué desean?

-         Nube gris: verá Usted, allá abajo en las rocas, un niño…

-         Estrella: Sí, ¿qué pasa?

-         Nube gris: un coyita, un niño tiene un deseo; como podría decirle, un sueño…

-         Estrella: ¡y qué! Yo llevo miles de años soñando…

-         Nube blanca: no, es que el coyita tiene sólo un sueño y si usted quisiera podría…

-         Estrella: (Con gesto altivo) ¿qué?

-         Nube gris y blanca (a dúo): su sueño es tener una estrella.

-         Estrella (riéndose): Pero yo, no soy una estrella cualquiera, yo soy la más hermosa, la soberana del cielo, la más brillante.

-         Nube gris: Por eso, Su Majestad, si usted quisiera, podría hacer que su sueño se cumpliera, es tan fácil para usted y todo para ese niño…

-         Estrella: ¡no!, ¡No!, y ¡no!

-         Nuebecitas (a dúo): ¡Por favor!

-         Estrella (girando hacia un costado): ¡he dicho que no y no pueden obligarme!

-         Nube blanca y gris (mirándose): Lo sentimos mucho Su Majestad…

 

Y con gran esfuerzo tomaron a la estrella y empujándola, cayó del cielo y fue su luz tintineante perdiéndose de vista de las nubes, hasta caer en la falda de mi coya. Las nubes rieron.

 

Mi coya que se encontraba sentado en el suelo, frente a su misachico, pedía y pedía a Dios que se le cumpliera su sueño.

 

-          ¡Señor Diosito!, por favor... lo único que te pido es tener una estrella. ¡Esa! ¡Esa!, y señalaba con su dedito reseco a la más luminosa del cielo.

 

De pronto mi coyita no pudo ver, una luz le cegó momentáneamente y su sorpresa –mezcla de llanto y alegría- fue inmensa. Su deseo se había cumplido, en su falda brillaba una estrella.

 

-          Coyita: ¡Señor estrella!

-          Estrella: ¡Señora, por favor!

-          Coyita: Sí, perdón, ¡gracias por venir!

-          Estrella (acomodándose bastante molesta): sí, si, está bien, pero no vine, me enviaron, es decir, vine porque quise, a mi nadie me ordena, ¡nadie!

-          Coyita: ¡Gracias! ¡Gracias! y abrazándose a la estrella, se puso a llorar…

-          Estrella: ¡Basta! Tus lágrimas me están mojando, la humedad no me hace bien, ¿por qué lloras?

-          Coyita: no sé, es que yo siempre deseé y…

-          Estrella: no entiendo nada ¿querías una estrella?, pues estoy aquí…

-          Coyita: sí, pero es que me parece un sueño...

-          Estrella: no, no lo es. Tócame; eso sí, no te pinches con mis puntas, son muy filosas.

-          Coyita (acariciándola): ¡es cierto!, eres de verdad y tu luz de plata, ¡eres hermosa!

-          Estrella: sí, lo soy, pero ¿para qué querías una estrella?

-          Coyita: nunca tuve mas que a mi abuela y mis cabras, mi familia está muy lejos…

-          Estrella: ¡ah! ¿Tú eres el coyita de las cabras que yo veía?

-          Coyita: ¿me veías?

-          Estrella: Sí, todos los días y sus noches.

-          Coyita: y, ¿cómo?

-          Estrella: desde el cielo, ¡cómo iba a ser!

-          Coyita: desde tan alto ¿me veías?

-          Estrella: ¡por supuesto! Desde el cielo se puede ver todo el mundo y también a su gente.

-          Coyita: entonces, ¿por qué me mirabas a mí?

-          Estrella: porque te veía tan solo…

-          Coyita: sí, lo estoy…

-          Estrella: lo estabas, (levantando la voz) ¡ahora me tienes a mí!

                               

El coyita se quedó contemplándola, como incrédulo de lo que veían sus ojos y pidiendo por dentro que nunca se fuera. En ese momento, sintió la voz de su abuela que lo llamaba, contestó y tomando su estrella corrió a la casa, saludó a su abuela  y se fue rápido a tirarse a dormir; su mano brillaba, esa noche dormía por primera vez a la luz de su estrella.

 

III

 

El alba despuntaba en la Puna, cuando mi coya salía con sus cabritas a pastar. Pero esta vez su rostro tenía una expresión especial. La alegría lo desbordaba y hacía surgir brillos de colores de sus ojos oscuros. Ya por el sendero,  el coyita hablaba: ¡vamos! Cabritas, ¡vamos!

 

-          Estrella: hay demasiada luz y…

-          Coyita: no, todavía es casi de noche, luego va a salir el sol

-          Estrella: ¡por favor!, vas a tener que cubrirme, la luz me ciega.

-          Coyita: yo te cubriré. Y sacándose el pañuelo de su cuello envolvió cuidadosamente a la señora estrella.

-          Estrella: ¡gracias! Así está mejor.

-          Coyita: (silencioso)

-          Estrella: ¿qué estás pensando?

-          Coyita: es que yo quería pedirte algo…

-          Estrella: (asomando una de sus puntas fulgurantes) ¿Y por qué no lo haces?

-          Coyita: es que no me animo.

-          Estrella: bueno, no es necesario que me lo digas, tus cabras me contaron...

-          Coyita: ¿mis cabras?, ¿ puedes hablar con ellas?

-          Estrella: ¡pues claro!, es más, me gusta hablar con los animales.

-          Coyita: entonces, ¿sabes lo que deseo?

-          Estrella: Claro, las cabritas me dijeron que tú les dijiste que deseabas, alguna vez tener una estrella para poder pedirle muchas cosas, sobre todo conocer otros lugares y otra gente ¿es verdad?

-          Coyita (sorprendido): Así es, no sabía que ellas me entendían…

-          Estrella: Los animalitos entienden y tienen sentimientos. Vos también podrías escucharlas.

-          Coyita: ¿yo?, ¿Cómo? Si ellas no hablan.

-          Estrella: Escuchando a tu corazón, dejando que él te diga lo que te hablan tus animalitos.

-          Coyita (tocándose el pecho): ¿escucharé su voz?

-          Estrella: ¡Más aún!, sentirás sus miedos y alegrías porque ¿sabes?, ellos también tienen emociones.

-          Coyita: te haré caso, de hoy en mas hablaré y escucharé a mis cabras y a todos los animalitos con el corazón, así nunca más estaré solo.

-          Estrella (sonriente): empiezas a comprender.

 

Caía la noche silenciosa y fría cuando mi coya y sus cabras volvían a las casas. La abuela con su cara adusta y silenciosa de siempre, preparaba algo en el rescoldo. Mi chango se lavaba y luego se dirigía como todas las noches a cenar; cuando se detuvo y, desandando el camino hacia la casa, se dirigió al lugar donde tantas veces se sentaba bajo el cielo, a pedirle a Dios su estrella. Se acomodó y tomándola de un pico delicadamente, la sacó del pañuelo en que se hallaba envuelta y la colocó sobre su falda; luego, permaneció un rato en silencio hasta que por fin se decidió a hablar:

 

-          Señora Estrella, ¿sería mucho pedirle conocer otros lugares, otros pueblos?, me dijeron que hay grandes ciudades y aparatos con figuras de colores en su interior que se mueven y tantas cosas mas…

-          Estrella: ¿por qué deseas tanto conocer otros lugares?, ¿no te gusta este sitio?

-          Coyita: sí, pero, dicen que hay mas allá (mirando hacia lo lejos) cosas tan, pero tan lindas...

-          Estrella: no pienso opinar, quiero que lo veas con tus propios ojos. Cumpliré tu deseo: ¡agárrate fuerte!

 

Y en un instante, casi sin darse cuenta, el coyita de las cabras estaba en el cielo aferrado de su estrella y deslizándose por los aires, a una altura tal que le parecía  imposible ver su propia casa; hasta que su vista se acostumbró a la distancia y pudo divisarla como una lucecita diminuta en la inmensidad de su tierra rocosa y árida, silenciosa y vacía.

Te llevaré a ver el mundo, le dijo la estrella y - mudo de alegría - el coya sonrió.

 

El coyita de las cabras comenzaba a realizar su deseo tan esperado y añorado durante tanto tiempo.

 

IV

EL MUNDO

 

La estrella y el coyita a través del firmamento dibujaban arabescos en el aire, y un eco de campanas resonaban desde muy arriba; las nuebecitas complacidas reían, el señor Sol y la Luna festejaban, estallando en mil colores.

 

-          Estrella: ¡agárrate fuerte a mí, vamos a bajar para que puedas ver mejor!

-          Coyita (asombrado): ¡Cuántas casas! ¡Cuánta gente!

-          Estrella: ésta es una gran ciudad.

-          Coyita: ¡qué hermosa casa! (fijando la vista en una enorme mansión de mármol) ¿podemos mirar la gente que vive allí por la ventana?

-          Estrella: si así lo quieres…

-          Coyita (apoyándose en la ventana entreabierta): hay niños como yo, pero qué hermosa ropa que visten y cuántos juguetes. Sin embargo, parecen tristes, ¿porqué?

-          Estrella: Pues... observa un poco más.

-          Coyita (mirando como los niños eran llamados por una nana a un hermoso comedor): ¿es la mamá?

-          Estrella: no, es quien los cuida.

-          Coyita: ¿y sus padres?

-          Estrella: no, los padres casi nunca están, viajan por negocios para ganar dinero y comprarles cosas lindas: ropas y juguetes.

-          Coyita: ¡pobres! ¿y sus hijos no los extrañan?

-          Estrella: Sí, pero no pueden hacer nada.

-          Coyita: Con razón los niños tienen los ojos tristes, están solos.

-          Estrella (luego de un silencio prolongado): Vamos a ver el mar…

-          Coyita: sí, nunca lo vi., ha de ser muy lindo.

-          Estrella: ¡lo es!

 

Como una estela desaparecieron y cambiando de rumbo se dirigieron al mar.

 

-          Coyita: (asustado)¿Qué son esas lomas blancas?, se mueven

-          Estrella (riéndose y haciendo alarde de su conocimiento poético): no son lomas, son “olas azules bordeadas de encaje de espuma salada del mar”

-          Coyita: ¿qué?

-          Estrella: bueno, son olas que forma el agua de mar cuando se mueve.

-          Coyita: nunca vi nada igual. ¡Mira!, los pájaros…

-          Estrella: son gaviotas, buscan peces para comer.

-          Coyita: ¿y eso? (señalando con su dedo pequeño), ¿es oro?

-          Estrella: no, es arena de la playa.

-          Coyita: ¡OH! ¿podemos acercarnos?

-          Estrella: sí, ¿por qué no?

 

Y así, el coyita de las cabras con sus pies descalzos, tocó por primera vez la arena; la brisa sacudió sus cabellos mientras una ronda de delfines festejaba en el mar.

 

-          Coyita: (correteando por la arena) ¡qué calor suave!, ¡Que viento!.

-          Estrella: juega, yo te espero…

-          Coyita: (recorriendo la playa, juntaba caracoles y piedras de diversos tamaños, hasta que de pronto se detuvo ante un hombre viejo que en una casilla hecha de maderas, dormitaba).¡Hola! ¿no le gusta el mar?

-          El anciano: ¿quién eres?, no pareces de acá.

-          Coyita: no lo soy, vivo lejos, en la Puna.

-          Anciano: por eso me hablas, ahora comprendo…

-          Coyita: No te entiendo, ¿porqué estás solo y enojado?

-          Anciano: y como no iba a estarlo, nadie se ocupa de mí, no tengo nada y soy siempre rechazado por todos.

-          Coyita: (atento, escuchaba en silencio)

-          Anciano: A la gente no le importan las personas como yo. Ni siquiera me ven.

-          Coyita: ¿eres malo?

-          Anciano: no, soy pobre.

-          Coyita (indeciso y confundido): yo también, pero ¿qué tiene que ver?.¿ No tienes animalitos? Yo tengo cabritas y una estrella.

-          Anciano (riéndose con grandes carcajadas): ¿cabras?, ¿estrellas?. Acá no hay cabras y no podría además darles de comer, no tengo ni para mí. ¡Ah! Y con respecto a las estrellas tengo todas las más lindas para mí con solo mirar el cielo en la noche. Sí, (dijo pensativo) ellas alegran mis noches solitarias, es como si me hablaran.

-          Coyita (con seguridad): Y te hablan…

-          Anciano: ¡Ja! Ja! Ja!, me haces reír. (y sacando de una bolsa un caramelo, se lo dio); toma es lo único que tengo para darte.

-          Coyita: ¡gracias!, ¿qué es?, brilla.

-          Anciano: ¡mira!, desenvolviendo el caramelo con sus manos avejentadas, se lo puso en la boca al coyita.

-          Coyita: ¡qué rico!, es dulce.

-          Anciano: una de las pocas cosas dulces y sencillas que hay en esta vida (y suspirando se acomodó sobre unas bolsas y se puso a dormitar).

 

El coyita al verlo dormido, le puso un hermoso caracol y una piedra que había recogido de la playa en sus manos, luego dijo en voz baja: hasta pronto, ¡Adiós!. Y lentamente caminó hacia donde se encontraba su estrella, mientras sentía deshacerse en su boca el caramelo de frutas que la había dado el anciano.

 

-          Estrella (bostezando): ¿te divertiste?

-          Coyita: sí, pero vi a un anciano que es muy bueno y estaba muy triste, ¿cómo puede ser?. En este lugar donde todo es tan lindo. Le  regalé un caracol y mi mejor piedra de colores.

-          Estrella: seguramente, ése será el mejor regalo que recibirá en mucho tiempo. Dubitativa, mientras miraba los ojos del niño, dijo: ¿nos vamos?

-          Coyita: ¿a dónde?

-          Estrella: a ver más mundo…

 

Y así, dejaron el mar atrás en busca de nuevos lugares para ver.

El coyita permaneció callado, no podía todavía entender por qué ante tantas cosas bellas sentía un dejo de angustia y tristeza. Pensaba y seguía pensando, pero no encontraba la razón, en su mente pasaban continuamente las figuras de los niños de la casa grande, el anciano con sus manos rugosas, mientras apretaba contra su pecho un caracol y varias piedras que había recogido en la playa.

 

-          Estrella: Mira hacia abajo…

-          Coyita (con sus ojos redondos estallando de alegría): ¡cómo juegan!, y bajando llegaron a un bosque donde dos nutrias se zambullían a orillas de un río, jugueteando entre sí.

¡Cuánta agua!, ¡que maravilloso color verde  azulado tiene!, ¡Ah!, porqué no habrá tanta agua como acá en mi tierra. Si la hubiera, se podrían plantar árboles como los que hay por aquí y habría sombra alguna vez en el día.

 

El coyita dejó que su vista se perdiera en la corriente del río, tal vez quería ver en el espejo de agua, su propia tierra.

 

-          Estrella: ¡mira las nutrias!

-          Coyita(sin quitarles la vista de encima): ¡qué simpáticas!, ¿hay muchas?

-          Estrella: había…

-          Coyita: no comprendo, ¿ya no hay?

-          Estrella: hay muy pocas porque su piel es codiciada por los hombres para hacer abrigos.

-          Coyita: ¿pero no hay otra forma de abrigarse, como lana por ejemplo, sin necesidad de matar?

-          Estrella: sí, hay muchas formas, pero los abrigos de piel de nutria son muy caros.

-          Coyita: ¿por lo abrigados?

-          Estrella: No por eso, mas que nada porque son lindos.

-          Coyita: y por eso matan a las nutrias, ¿sólo por eso?

-          Estrella (con tristeza): sí

-          Coyita (mirándolas como retozan en la ribera del río): ¿ y si las juntáramos y las lleváramos a donde yo vivo? Allí, yo las protegería.

-          Estrella: ¡imposible!. No sobrevivían en ese clima, ya que necesitan mucha agua.

-          Coyita (con los ojos llenos de lágrimas): ¡pero las van a matar!

-          Estrella: pídele a Dios por ellas, nada puedes tú hacer.

-          Coyita (llorando): cayó de rodillas en el suelo y juntando sus manitas se puso a rezar.

-          Estrella (en silencio, secó una lágrima que resbalaba por uno de sus picos) miró al cielo e  imploró.

 

Dentro de ese marco armonioso y donde la naturaleza pletórica de vida se mostraba a los ojos de quien deseara contemplarla, el coyita y su estrella brillaban como una luz más entre las miles de lucecitas de colores, que se esparcían entre los huecos de las ramas de los árboles al moverse sobre el lugar.

 

-          Estrella: ¡vamos! Hay mucho que ver aún.

-          Coyita (incorporándose): sí, quiero ver otras cosas.

-          Y abrazados levantaron vuelo, como una pluma se desliza en el aire.

 

Recorrieron kilómetros y kilómetros hasta llegar a divisar las montañas con sus picos cubiertos de nieve eterna. El coyita con los ojos agrandados por la sorpresa dijo: ¡son cerros inmensos!

 

-          Estrella: no, se llaman montañas.

 

Mientras descendían hacia la cima de una de las montañas, un copo de nieve salpicó la nariz del coyita (refregándose graciosamente) dijo: ¿qué es esto blanco?, ¿algodón?

 

-          Estrella: no, son copos de nieve.

-          Coyita: ¡caen del cielo!

-          Estrella: sí, es agua congelada por el frío.

-          Coyita: ¿siempre cae, durante todo el año?

-          Estrella: Acá, en los picos de las montañas sí, porque están muy altos.

-          Abajo, también nieva pero no todo el año.

-          Coyita: hace frío, pero todo es tan lindo…

-          Estrella: Mira allá abajo, las casas con sus techos color rojo y sus chimeneas.

-          Coyita: Parecen sacadas de un cuento.    

-          Estrella: acá la gente tiene rebaños como tú, pero de ovejas.

-          Coyita: ¿dónde?

-          Estrella: allí.

-          Coyita: Pero son muchas.

-          Estrella: Y hay más, pero no se ven desde aquí.

-          Coyita (tapándose los ojos con sus manitas regordetas): ¿de dónde viene esa luz?

-          Estrella: Es el sol que se está reflejando en la nieve, mira como cambian de colores las laderas a medida que el sol las ilumina.

 

El coyita mira todo como si quisiera grabar en su memoria para siempre lo que ve, luego de un silencio pregunta: ¿cómo es la gente de aquí?

 

-          Estrella: ¡vamos a conocerla!. Y tomando al coyita llegaron a la puerta de una casita blanca de donde salía un dulce olor a mermelada.

Una señora de cara rosada, no muy alta con cabellos rubios como el trigo maduro y ojos claros como el cielo abrió la puerta en ese momento y al ver al coyita, se sorprendió y dijo: ¡Válgame Dios!, un niño y con este frío. ¡Entra!, ¡Entra!, y empujando suavemente  al coyita cerró rápidamente la puerta de madera.

 

La casa era de troncos por dentro, sencilla, confortable. En una esquina chisporroteaban los leños que daban calor al hogar. De pronto la señora comenzó a hablar: ¿de dónde vienes?, no pareces de por aquí. ¿Tienes frió?, te traeré chocolate caliente y mermelada; siéntate y sin dejarlo contestar salió hacia la cocina regresando con chocolate, pan y mermelada casera.

 

-          Coyita: Soy de la Puna. Me dicen el coyita de las cabras pero me llamo Alejandro, aunque nadie me dice así.

-          Señora: ¿y cómo llegaste hasta estos lugares tan lejanos para ti? –hablaba mientras untaba grandes rodajas de pan que cubría con mermelada-.

-          Coyita: bueno, es largo de contar…

-          Señora: ¡Ay sí! Pobrecito, come primero y tómate el chocolate, debes tener frío y hambre.

-          Coyita: sí, gracias, un poco.

 

Tomó la taza y bebió; comiendo a grandes mordiscos las deliciosas rebanadas de pan, hasta que casi no se podía mover. La señora mientras tanto lo miraba pensando de dónde habría aparecido esa dulce personita de piel oscura.

 

Mientras tanto, la estrella dormitaba en el bolsillo del coyita haciéndose muy chiquitita para que no la descubrieran. La nieve seguía cayendo empañando el vidrio de las ventanas de la casa y formando una alfombra blanca alrededor de ella. Los árboles se vestían cada vez más de blanco, el paisaje era de una belleza paradisíaca. Dentro de la casa, la señora hablaba: ¿tienes padres?

 

-          Coyita: no, sólo tengo a mi abuela y mis hermanos pero casi no los recuerdo, hace mucho que se fueron.

-          Señora: mi niño, deberás extrañar a tu abuela.

-          Coyita (pensativo): sí, pero volveré y podré contarle tantas cosas.

-          Señora (confundida): ¿ella también vive en la Puna?

-          Coyita: sí, ella está allí.

-          Señora: ¿y como vas a volver?

-          Coyita: una estrella me llevará.

-          Señora (riéndose): ¡qué cosas dices!. Eres muy lindo (con cierta melancolía). Me hubiera gustado tener hijos, pero Dios dispuso que no fuera así.

-          Coyita: ¿vive sola?

-          Señora: no, con mi esposo, pero el trabaja lejos de aquí. Viene una vez por semana. Pronto lo conocerás.

-          Coyita: ¿Usted es feliz?

-          Señora: sí, lo soy, con mi esposo nos tenemos el uno al otro y nos queremos mucho.

-          Coyita (bostezando): tengo sueño.

-          Señora: ¡ven! Tírate en la cama y yo te arroparé.

-          Coyita (mirando perplejo, una cama grande de madera con colchón y hermosas sábanas con puntillas blancas como la nieve y una manta tejida multicolor): ¿esa es su cama?, y ¿puedo acostarme ahí?

-          Señora: ¡que ocurrencia! Claro, que sí.

-          Coyita (recostándose mientras la señora lo tapaba): ¡Gracias!. Luego se quedó profundamente dormido.

 

Después de unas horas donde el pequeño durmió apaciblemente en esa atmósfera cálida y tranquila, apretando en sus manos los caracolitos y rocas que había traído del mar y las montañas, sintió una voz que le decía: ¡niño, despierta!. Ya es tarde…

 

-          Coyita (desperezándose): ¿qué hora es?

-          Estrella: hora de irnos.

-          Coyita: ¿tan pronto?

-          Estrella: hay mucho que ver todavía.

-          Coyita: tengo que despedirme de la señora

-          Estrella: no, la harás sufrir.

-          Coyita: pero, ¡no puedo irme así!

-          Estrella: debemos irnos…

 

Pensativo, el coyita se deslizó de la cama al suelo y acomodándose el ponchito se puso el gorro mientras le decía a la señora estrella: ...espera un minuto...

 

Recorrió la casa, hasta que encontró a la señora en un sillón dormitando cerca de los leños con un tejido en sus manos, mirándola con cierta expresión de tristeza puso entre sus manos un caracol y una piedrita; la besó en la mejilla regordeta y rosada.

 

-          Coyita: Ahora sí, podemos irnos.

-          Estrella: No son lindas las despedidas, pero los momentos buenos de la vida, como el cariño con que te trató esa señora y tu presencia aquí, quedarán grabadas por siempre en el corazón de ambos. Al cariño no lo borra la distancia.

-          El coyita –tomando de la mesa unos panes y un frasco de mermelada- dijo: lo llevo para que mi abuela los pruebe, esta mermelada es riquísima y ella no la conoce.

-          La estrella tomando al coyita salió volando por la ventana dejando una brisa al pasar que hacía tintinear a los copitos de nieve que seguían cayendo.

 

-   Coyita (en un susurro): ¡Adiós señora, nunca la olvidaré!

 

El coyita y la estrella volaron sobre manantiales cristalinos iluminados por el sol, sobre valles llenos de plantaciones de manzanas y otros frutales. El coyita pudo ver como amanecía en un estallido de amarillos y rojos, también como se ponía lentamente el sol perdiéndose en el horizonte, hasta que la estrella dijo: -¡Ahora!, conocerás la selva – y como cayendo tocaron el suelo húmedo.

 

-          Coyita: ¡que cantidad de plantas!. Casi no hay lugar para caminar. ¡OH! También hay flores (giraba sobre sí mismo, observando todo, había tanto para ver).

-          Estrella: Sí, es bellísima, pero hay que tener cuidado también hay animales salvajes y plantas carnívoras.

-          Coyita: ¿animales malos como los lobos?

-          Estrella: Feroces, no malos. Porque ellos no saben lo que hacen, no tienen la posibilidad de pensar si está bien o mal una cosa, como los seres humanos.

-          Coyita: Pero si los hombres saben lo que es el bien y el mal ¿porqué hacen cosas malas, por matan, por qué no cuidan a los que están solos?

-          Estrella: El hombre es un ser inteligente pero muy complicado. La gente vive muy apurada para ponerse a pensar en los demás. Pero no todos son malos, tú, por ejemplo, no lo eres.

-          Coyita: El anciano de la playa tampoco, pero nadie lo quería, ni ayudaba.

-          Estrella: Sí, pero lo importante no es lo que nos den o ayuden, sino lo que nosotros damos o ayudamos. No hay que juzgar a los demás, primero hay que juzgarnos nosotros. Sólo así comprenderemos los sufrimientos de las personas que nos rodean y sus comportamientos.

-          Coyita: Creo que empiezo a entender...

-          Estrella: ¡Mira que hermoso plumaje tiene ese pájaro!. Es un tucán.

-          Coyita: Parece pintado.

 

 

Lentamente fueron recorriendo la selva, vieron jaguaretés, serpientes, abejas, pájaros y flores de todos los tamaños y colores.

El coyita no podía creer que tantas cosas bellas pudieran estar en un solo lugar, pensaba que si pudiera llevarse alguna de esas plantas gigantes o algún árbol enorme, no tendría tanto calor al sol cuando cuidara sus cabras en su tierra.

De pronto, le llamó la atención como las abejas entraban y salían de una especie de bolsa de barro seco, entonces preguntó ¿qué hacen?

 

-          Estrella: Trabajan, juntan polen de las flores y lo traen para luego hacer la miel, así alimentan a las demás y a la reina, con una miel diferente que se llama jalea real.

-          Coyita: ¿Porqué es diferente?

-          Estrella: Porque es para la reina y deben alimentarla de tal manera que sea la más grande y  fuerte para que pueda defender y procrear, así habrá muchas abejitas. El ciclo de la vida debe cumplirse.

-          Coyita: ¿Esa bolsa de barro es su casa?

-          Estrella: Es un camoatí y no está hecho con barro solamente sino también con cera que fabrican las abejas, haciendo con ella diminutas divisiones interiores para cuidar a las larvas que serán las nuevas abejas.

-          Coyita: ¡Que maravilla!, ¿cómo pueden hacer tanto siendo tan pequeñas?

-          Estrella: Nunca lo olvides, la constancia y el esfuerzo de los seres unidos todo lo puede.

 

A medida que avanzaban la oscuridad los iba envolviendo más y más.

 

-          Coyita: Está oscuro, no veo nada. Tengo miedo, ¿cómo saldremos?

-          Estrella: No te asustes, encontraremos el camino. Lentamente, mientras recogía alguna que otra flor rara, el coyita y su estrella salían de la selva mientras escuchaban miles de sonidos que provenían de todas partes sin que se pudieran precisar de dónde.

-          Estrella (ya en la llanura): ¡Mira!, hay tormenta.

-          Coyita: Está muy oscuro y hay mucho ruido.

-          Estrella: Son truenos, va a llover.

-          Coyita (mientras se desataba la tormenta): ¡Cae agua!, y mucha…

-          Estrella: Sí, comenzó a llover.

-          Coyita (melancólico): Si lloviera así en la Puna, la tierra no estaría tan seca…

-          Estrella: Cada lugar en el planeta tiene su característica que lo distingue, pero todos los climas son necesarios, como todos los lugares son importantes para la evolución de la tierra.

-          Coyita: Pero la Puna no tiene muchas cosas.

-          Estrella: ¡No te equivoques!, tiene lo más importante, gente como tú.

-          Coyita: ¿Cómo yo?, yo no tengo nada.

-          Estrella: No es así, tienes algo que mucha gente ha perdido.

-          Coyita: ¿Qué?

-          Estrella: Inocencia y fantasía.

-          Coyita: ¿No lo tienen todos los niños del mundo?

-          Estrella: Desgraciadamente son dos virtudes que se están olvidando. Pero mientras haya un niño inocente que tenga la suficiente fantasía como para desear una estrella, el mundo sobrevivirá.

 

Coyita (confundido, se quedó escuchando en silencio, mientras tanto tomaba un poquito de agua de lluvia y la echaba en un frasquito que estaba tirado en el pasto y lo guardó): Me gusta esta tormenta, ya no le tengo miedo;  y acomodándose se durmió contemplando el cielo atiborrado de nubes oscuras e hilos de agua cayendo constantemente sobre el verde pasto de la llanura.

 

La estrella se metió en el bolsillo del coyita y se fue durmiendo titilando de emoción; quería a ese niño, pero conocía su misión y eso la preocupaba. Completamente despierto lo encontró la estrella, mientras ésta bostezaba, le dijo: ¿qué te parece conocer otra ciudad?

 

-          Coyita: Con mucha gente, casas, carros que se mueven sin mulas y aparatos con imágenes de colores dentro y…

-          Estrella: Sí, y mucho más.

-          Coyita: ¡Por favor!, vamos ya.

-          Estrella: Sujétate a mí.

 

Y levantaron vuelo nuevamente, luego de pasar por grandes terrenos con cultivos de trigo, maíz, algodón y girasoles que se daban vuelta a saludarlos a su paso, llegaron a otra ciudad.

 

-          Estrella:  Mira, pasearemos por encima para que la veas desde aquí hasta que desees bajar y así lo hicieron.

-          Coyita (tosiendo): ¡cuánto humo!

-          Estrella: Se llama smog.

-          Coyita: ¿Qué es?

-          Estrella: Es el aire contaminado por el humo de las chimeneas de las fábricas, automotores y otras máquinas.

-          Coyita: Parece una nube grandota.

-          Estrella: Sí, pero es una nube que hace daño.

-          Coyita: ¿le hace mal a los pájaros?. No veo ninguno.

-          Estrella: A los pájaros, a todos los animales y también a los seres humanos.

-          Coyita: Me ahoga…¿nadie hace algo para evitarlo?. En la ciudad ¿no hay aire puro?

-          Estrella: Hay mucha gente que está luchando para volver a la naturaleza, impidiendo que las fábricas vuelquen sus residuos en los ríos, protegiendo el ambiente, pero todavía hay gente que no se da cuenta del peligro.

-          Coyita: ¡Que pena!, hay tanta gente, tantos niños. Bajemos.

-          Estrella: Sí, allá vamos.

 

Y en un giro descendieron hasta el empedrado de una calle alegre y llena de colores. El empedrado y las casas parecían sacadas de un cuadro hecho por algún pintor nostálgico, que sin embargo sabía como plasmar en colores una mezcla de alegría y tristeza. Las casas con colores azules, amarillos, naranjas todas con escalerillas parecían no encajar con el resto de la ciudad y sus enormes rascacielos.

 

-          Coyita: ¡Qué extraño lugar!

-          Estrella: Es un lugar distinto dentro de la gran ciudad, aquí vienen personas de otros países que vinieron a éste en busca de trabajo, con sus familias hace muchos años.

-          Coyita: ¡ Allá! (señalando) ¡hay casas en el agua!

-          Estrella: No, se llaman barcos, se mueven y transportan personas y cosas de un lugar a otro.

-          Coyita: ¿Hasta donde van?

-          Estrella: A cualquier lugar del mundo a través de ríos, mares y océanos.

 

Una música alegre y colorida se fue filtrando en el ambiente como una ráfaga de viento se pierde entre los árboles. Una melodía atrayente, cargada de nostalgias, esperas, alegrías y reminiscencias.

Provenía de un viejo bodegón que parecía haber sido traído de otra parte del mundo, casi como desentonando con sus ladrillos al aire, entre las casas de colores. Entonces, el coyita preguntó: ¿de dónde viene esa música tan rara?

 

-          Estrella: De ese Bodegón.

-          Coyita: ¿Es la música de la ciudad?

-          Estrella: Sí, pero también lo es de muchos países. De la gente que vino de distintos lugares llenos de esperanzas a radicarse aquí.

-          Coyita: No entiendo su lenguaje.

-          Estrella: No importa, trata de entenderla como te enseñé, deja que tu corazón la sienta y él te dirá lo que quiere decir.

 

El coyita y su estrella escuchaban mientras caminaban hacia el Bodegón, donde las mesas sencillas con manteles de algodón a cuadritos rojos y blancos las cubrían. Hombres y mujeres de distintas nacionalidades ocupaban el lugar.

 

-          Coyita: ¡Están alegres!, cantan.

-          Estrella: Son gente sencilla, de trabajo, gozan con las pequeñas cosas y de la compañía de sus hijos.

 

El coyita no se perdía detalle de  la escena, tan peculiar le parecía esa gente. Su forma de hablar tan alta y en un lenguaje desconocido. La forma de vestir, todo parecía no coincidir con las ciudades que había visto antes.

La estrella dijo: vamos al centro de la ciudad.

Así lo hizo y el coyita pudo ver los automóviles, los televisores (o aparatos con imágenes de colores que se movían adentro, como los definía el coyita); también paseó con su estrella por las avenidas, miró las vidrieras llenas de cosas que jamás pudo imaginar que existían. Vio escuelas con chicos de impecables uniformes y delantales blanquísimos, también hospitales. Al ver salir médicos y enfermeras, dijo: ¿son estudiantes?, son grandes…

 

-          Estrella: No, son médicos y enfermeras, personas que dedican su vida a cuidar y curar a los enfermos.

-          Coyita: En la Puna no hay médicos, cuando me duele la panza mi abuela me lleva a ver a la abuela Tina, ella me cura con sus yuyos.

-          Estrella: Pero aquí, hay personas que estudian años para aprender a curar con medicinas y no con hierbas, su misión es salvar vidas.

-          Coyita: ¡Ojalá hubiera algún médico en la Puna!

-          Estrella: Puede que lo haya en un día muy cercano.

-          Coyita: ¿Quién va a  acordarse de nosotros?. Somos muy pocos.

-          Estrella (con una sonrisa pícara): Nunca me dijiste que te gustaría ser cuando seas grande.

-          Coyita (tímidamente, mirando de reojo): No sé  como, pero creo que ahora quiero ser médico, así podré ayudar a la gente de mi Puna.

-          Estrella: Me parece muy bien (mientras sonreía complacida), ¿te gusta la ciudad?

-          Coyita: Sí, pero la gente vive muy apurada.

-          Estrella: Así es.

-          Coyita:  No miran la puesta del sol, ni el río, ni el mar…

-          Estrella: Tú lo dijiste, no tienen tiempo, viven apurados.

-          Coyita: ¡Que pena!, cuantas cosas lindas se pierden.

 

Y mientras seguían recorriendo, el coyita pudo observar como chicos de su edad pedían a la gente que pasaba extendiéndoles sus manos.

 

El coyita sorprendido preguntó: ¿por qué piden?, esos chicos  ¿no tienen padres?

-          Estrella: Algunos sí y otros no.

-          Coyita: No entiendo…

-          Estrella: No pienses que porque hay tantas cosas modernas en la ciudad, no hay también pobreza. Muchos de estos chicos han venido de las provincias, con sus padres, pensando que acá todo era más fácil, sin embargo ya ves, tal vez aquí es peor. Y para colmo están tan lejos de lo suyo. Nunca olvides, por pequeño que sea el lugar donde has nacido, que ése es tu mundo, tu gente, tu Patria chica. Y trabajando allí es como ayudas a tu gente y haces a la Patria grande.

-          Coyita: ¿Cómo estará la abuela? ¿habrá hecho queso de leche de cabra?, ¿qué será de mis cabras?

-          Estrella: ¡Hum!, parece que sientes nostalgia, ¿extrañas mucho, verdad?

-          Coyita: Creo que sí.

-          Estrella: ¿No te parece que sería tiempo de regresar?

-          Coyita: Sí, me gustaría mucho.

-          Estrella: Entonces ¿qué estamos esperando?

 

 

 

En un abrir y cerrar de ojos la estrella y el coyita se encontraban atravesando el cielo, eludiendo nubecitas como acompañados por una extraña melodía celestial, avanzaban a grandes alturas. Saludaron a otras estrellas, rindieron sus respetos al Sol, a la Luna y se extasiaron ante la Vía Láctea.

Pasaron momentos inolvidables hablando de las cosas que habían visto: el camino de regreso a casa se hizo corto entre risas y comentarios. El coyita estaba feliz; sin embargo, una gran pena embargaba a la estrella, el viaje llegaba a su fin. Divisaron la casa y observando el corral de las cabras descendieron. Entonces la estrella  habló (temblando como una hoja en la tormenta mientras destellos tornasolados surgían sin cesar de sus puntas): bueno, ha llegado el momento de marcharme.

 

-          Coyita: ¡OH no!, no puedes dejarme ¿qué haré sin ti?

-          Estrella: Escucha. Tu puedes hacer todo lo que desees con sólo proponértelo. Nunca debes olvidar escuchar a tu corazón. No pierdas jamás la inocencia y la fantasía, solo así llegarás a ser un hombre de bien. Comprendiendo los defectos y sufrimientos de los demás, es el primer paso para poder ayudar a tus semejantes.

-          Coyita: Pero no quiero que te vayas, quédate conmigo ¡Por favor!

-          Estrella: No puedo, debo volver a ocupar mi lugar en el cielo, allí también soy necesaria. Pero cuando tu quieras con sólo mirar hacia arriba me verás  y en tu corazón sentirás mis palabras y mi amor.

-          Coyita (llorando): ¡Te voy a extrañar!

-          Estrella: Estaré siempre contigo en todo lo que hagas y donde tú vayas. Recuerda vive con amor a la gente, a los animales, a las plantas y a todo. Sin amor no vale la pena vivir. Pon en cada acto de tu vida una pizca de ilusión, una de fe y un gran amor. Yo tampoco te olvidaré. ¡Adiós, hasta siempre!

-          Coyita (enjugándose una lágrima con el ponchito): ¡Adiós! Te quiero mucho. ¡Adiós!

 

V

El coyita…Médico

 

Parece que fue ayer cuando el coyita de las cabras soñaba con poseer una estrella. Ha pasado mucho tiempo ya, mucho, mucho tiempo…

 

Un cuarto grande con sus paredes pintadas de blanco, una vitrina llena de remedios, una mesa y dos sillas, una balanza, unos títulos enmarcados en color negro y unos cuantos papeles desordenados sobre la mesa.

El coyita de las cabras ahora es un hombre, el  Dr. Alejandro Mamani, quien sentado piensa y recuerda.

La silueta recortada del hombre en la habitación iluminada por el sol que entra por la única ventana, hace pensar en un árbol fuerte, frondoso, solitario en la llanura.

Alejandro Mamani, el coya de las cabras, ¿en qué piensas?.

Cuantas cosas han pasado, que diferencia entre mi Puna querida y esta ciudad, tanta gente, ¡tanto por hacer!. Parece que fue ayer cuando mi hermano Luis me fue a buscar para traerme a la ciudad para estudiar. La escuela primaria, el guardapolvo, la campana; luego mis libros de Secundario, la Facultad, el diploma y aquí estoy en el Hospital, mi vida.

 

Sí, su vida, una vida donde los años han pasado solo para forjar un hombre dedicado a salvar vidas, curar el dolor y ayudar al necesitado; pero en su interior los años no han pasado: el niño coya sigue jugando y mirando el cielo buscando su estrella.

La inocencia no se perdió, al contrario, encontró un santuario dentro de ese hombre donde los avatares de la vida no lo tocaron. Sin embargo, la fama adquirida y el cariño de la gente, no es suficiente. 

 

Muy seguido en los últimos meses el corazón del Dr. Alejandro Mamani piensa, ahora, se pregunta, como estará la gente de su tierra natal. Ya lo ha hablado con Matilde, su esposa y con Dieguito su pequeño hijo de tres años. El desea volver a su terruño. Siente que su gente lo necesita. Es como si una parte de él hubiera quedado entre la tierra y el cielo de su Puna. Se pregunta si tiene derecho a llevar a su familia a un lugar tan solitario. Matilde está dispuesta a seguirlo, pero la idea de irse y sus deseos, se confunden.

 

Pasan los días, las semanas y una noche oscura y serena el Dr. Alejandro Mamani, el coya de las cabras dice: Matilde, prepara nuestras cosas. Nos vamos a la tierra donde nací.

 

-          Matilde (sollozando): No sabes la alegría que me das, así volverás a ser el mismo que cuando te conocí. Habías cambiado mucho últimamente, estabas muy triste.

-          Alejandro M: Perdona (abrazándola), no volverá a ocurrir. Sé que seremos felices allá. Yo pertenezco a ese lugar y me debo a mi gente.

-          Matilde: El niño y yo también los seremos.

 

Las despedidas fueron cargadas de cariño pero tristes. Alejandro Mamani, había sabido ganarse el respeto de la gente  y de sus colegas. Pero él debía cumplir consigo mismo y seguir su ideal.

 

Llegaron cuando estaba despuntando el alba, la casa solitaria parecía no haber cambiado, la abuela ya no estaba, pero seguía presente en cada rincón del hogar. Su llegada produjo gran conmoción entre los lugareños. A pesar del tiempo transcurrido las cosas no parecían haber cambiado mucho, la gente de esos pagos caminaron kilómetros para saludar al “coyita de las cabras”, ahora “el doctor”.

 

VI

 

El tiempo empezó a transcurrir lentamente, su casa estaba siempre abierta para quien lo necesitara, no tenían mucho dinero pero eran muy felices. El Doctor Alejandro Mamani recorría grandes distancias, ya sea a pie o a lomo de mula para atender a sus coyas.

 

Para la gente, era un poco hijo de cada uno de ellos, era el doctor de los coyas, aquel pequeñito que tantas veces habían visto pasar llevando su rebaño a pastar mientras tocaba su quena.

Al atardecer, cuando podía, se sentaba a observar el paisaje dejando que su vista se perdiera en la distancia. Pasaba las horas hasta que llegaba la noche y entonces se quedaba mirando las estrellas.

 

 

Así fue pasando el tiempo, Diego cumplía seis dulces añitos.

Alejandro Mamani seguía mirando el cielo y pensando en silencio. El había creído que con su regreso esa desgarradora angustia que lo ahogaba se iría, pero a pesar de su felicidad seguía atormentándolo.

Se preguntaba inútilmente, el porqué una y mil veces, todas las noches y a cada momento, sin encontrar la respuesta.

 

Una noche de luna llena encontró la respuesta: su hijo no tenía una estrella. Era eso lo que lo mortificaba, no conocería lo que él aprendió, no brillaría en su mano una hermosa luz plateada que conservara su ilusión y fantasía a pesar de las encrucijadas de la vida.

Pero, su hijo ¿la pediría?, ¿la deseaba?, no sabía.

 

Llegó al fin el día tan esperado. Se escuchaba en la casa la risa clara y transparente de Diego y el caminar apresurado de Matilde preparando la comida para la cena.

Alejandro Mamani, el coyita de las cabras, sin embargo estaba triste sentado en una baqueta que él mismo hiciera con sus manos, utilizando la madera que le había regalado un abuelo como agradecimiento por haberlo atendido por su reuma. Miraba el cielo con la vista fija, como extraviado por algunos de los senderos del alma. Hasta que de pronto sintió una voz; era Diego su hijo.

 

-          Diego: ¿Tata, porque está tan triste?

-          Alejandro M: No, no lo estoy (levantándolo en brazos)

-          Diego: Sí, lo veo pensativo, ¿en qué piensa?

-          Alejandro M: Cosas de personas grandes, ¡olvídate!

-          Diego: ¿No está contento que cumplo seis años?

-          Alejandro M: ¡Por supuesto!. Contento y orgulloso.

-          Diego: Sin embargo, sus ojos tienen lágrimas.

-          Alejandro M: Son de emoción. Te estás haciendo hombre.

-          Diego (abrazándolo mas fuerte): Yo sé porque está triste.

-          Alejandro M: ¡Así!. ¿A ver porqué?

-          Diego (sacando cuidadosamente del bolsillo de su pantalón algo que con premura escondió entre sus dos manitos): ¿No se lo va a decir a nadie?

-          Alejandro M (levantando la mano): Lo prometo.

-          Diego (abriendo su manecitas): Mire, para no estar triste, le hace falta una estrella como la mía.

 

Alejandro M, sorprendido  y con una explosión de alegría, miró la luz plateada que salía de las manos de su hijo, lo abrazó y besó varias veces. Sólo dijo ¡Hijo mío! Y se rió. Mientras tanto la estrella desde las manos del niño le guiñaba un ojo con picardía.

 

La risa del coya de las cabras resonó y se extendió a través de la tierra y llegó al cielo, al mar y a las montañas.

En el cielo, las estrellas titilaban con su mayor y más hermosa luz, la luna y el sol festejaban mientras nube blanca y nube gris lloraban de alegría.

Nadie pudo explicárselo jamás, pero ese día llovió en la Puna toda la noche, las gotas de agua eran finas, cálidas y los charquitos que se formaban eran de un azul celeste que hacía contraste con el marrón de la tierra.

Lo que jamás pudo entender la gente fue por qué de la casa del Doctor salía una luz refulgente que iluminaba la noche y convertía a las gotas de lluvia en una especie de polvillo plateado que caía sin cesar.

Sólo el coya de las cabras, su hijo y la señora Estrella conocían el porqué.

 

 

                                                                                                                                       Saya  Maabar

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