CUENTOS PARA ADULTOS

 


 

MI BUENOS AIRES QUERIDO

Viéndote desde arriba, no se notan tus imperfecciones, no se ven ni los baches, ni el smog, ni los tachos de basura tirados por ahí. No percibo a la gente corriendo como loca en el medio de la City, ni las tranzas que se hacen en cualquier lado. Sólo te veo a vos y escucho a un gorrión. Los autos se mueven como hormigas y quien sabe adonde irán.

Es viernes, todos se van. Te dejan sola por unos días, en el microcentro se escucha un grillo ¿puede ser? El viento del río te corta la cara, y zumba contra los edificios de Catalinas Norte, imponentes, majestuosos, como guardianes tuyos, míos, nuestros.

A la noche recorren tus entrañas, Recoleta, Santa Fe o Belgrano, los chic; Flores o San Telmo, los otros. Sin embargo, todos están en vos, con vos.

Sábado 10.00 AM. Los centros comerciales se llenan de gente. Saben que el domingo vas a dormir todo el día, excepto a la tarde en la que seguramente vas a gritar los goles en Núñez, la Boca, en Avellaneda o en Liniers, en cualquier lugar.

A esta altura ya no sos hincha de nadie, si son todos tuyos, vieja.

Se esta empezando a nublar o no se si se me nubla la vista, hoy es sábado a la noche y hay joda en todos lados, mucho rock, mucha disco, muchas luces, mucho alcohol, mucho sexo, mucha droga, muchos muertos. Sin embargo, a vos nunca se te vio flaqueando, ni siquiera moqueando.

Ni cuando iban a trasladar la Capital al sur te pusiste triste. Estás mucho más allá de eso. Tenés algunas heridas abiertas pero ya no sangran, las taparon con cemento.

Hay otras que sangran todavía y no sabés como diablos hacer; no son culpa tuya, te sangran los chicos mangueando o dándose con poxirám en la plaza, te sangra la gente durmiendo en las calles, te sangra la pobreza, el desamparo y la injusticia; y vos, sin embargo los cobijas a todos, y aunque te sientas dolida, son tuyos.

Tan tuyos como ir a tomar un feca a San Juan y Boedo, escuchar un bandoneón en el Viejo Almacén, o una guitarra bien roquera y al taco en el Obras, como ir a tomar un tren a Retiro, Constitución o Plaza Once; como recorrer los puestitos de San Telmo a comprar antigüedades, o los de Parque Centenario o Parque Rivadavia para comprar artesanías, libros u otras boludeces.

Como pasear por el Caminito, ver todos los conventillos pintados con el arco iris, pegar por la Vuelta de Rocha, ver el río y los remolcadores, como ir a una cantina, ahí nomás, a la vuelta y tomar el vino mas berreta, bailando una tarantela; como ir a bolichear a" La City" o a Cemento, es decir que se puede hacer cualquiera y nunca dejaremos de hacer algo.

Te veo de arriba, misteriosa Buenos Aires y nunca sabré que es lo que te pasa, porque pasa de todo, en todos lados.

A pesar de todo lo que te quitaron, lo que te cambiaron, lo que te hicieron sufrir, lo que te maltrataron, lo que te mataron; y muy a pesar de todo lo que yo proteste ( no tenés la culpa de vivir en Argentina ) y que me quiera ir a otra ciudad; y que chille y que putee...

Te veo de arriba y sos la más linda, la mejor.

Sos la Reina del Plata, mi Buenos Aires queriiiido...

A.Nakakoji

UNA MONEDA

(Cuento breve, pero no por ello menos negro)

 

Doble a la izquierda y seguí derecho por Perú. Gente, gente y más gente. Resultaba gracioso observar las figuras adivinando sus motivaciones. Todos los días eran los mismos, rostros gastados de oficinistas aburridos, de empleaduchas que se escaparon con algún encargo a dar una vuelta y mirar vidrieras, el cadete melenudo… ¡bah!…lo de siempre. Si hasta estaba aquel ex Secretario de Hacienda que caminaba con cara de “yo no fui” por temor a que lo reconocieran.

La calle húmeda por la llovizna hacía más pesado ese frío día. El subte vomitaba aburridamente seres humanos que, sin rostro, merodeaban un instante por la esquina e, inmediatamente, recordaban a qué habían venido y partían entre empellones hacia su destino. ¿Destino dije? Seguro que para muchos, ése al que iban, sería su destino…

Caminé nuevamente al despertar de mis cavilaciones, cuando encontré – al igual que todos los que pasábamos a esa hora por el lugar – a la “vieja”. Así se me ocurrió nombrarla, quizá porque nunca me di el tiempo para preguntarme cómo se llamaba…así creo que podrán en su lápida., porque no creo que nadie se lo haya preguntado jamás. Somos lo que nos llamamos, pero más somos lo que los demás nos llaman.

Es ese temor, mezcla de asco y miedo añejo, que nos remonta hasta la niñez con “el viejo de la bolsa” enjambre de piruja y diablo, con el que las abuelas nos asustaban. ¿O será que ella ya no tiene remedio? ¿O miedo a que nosotros tengamos el remedio que ella necesita?...no sé. Lo que sí recuerdo es que todos la miramos extrañados: el ejecutivo, el lustrador, la empleada, el mozo que corre de oficina en oficina llevando pedidos…Todos.

Sus ojos de globos salientes y amarillentos como los de una rana, su gordura inmensa cayéndole por todos sus lados, posada sobre esas dos masas informes y parduscas por la suciedad, que eran sus piernas…Nada en ella era diferente, seguía tan sucia como siempre. Sin embargo, algo hizo que una vez, aunque fuera por un breve instante, nuestros ojos se cruzaran con los suyos. Todos bajamos la mirada. Casi como un flash en mi cabeza, apareció la respuesta: su voz. Hoy había subido el tono, estaba pidiendo en voz alta. Nunca lo había hecho. Ningún mendigo lo hace. Ese era el timbre que despertó nuestra atención. Ella ya formaba parte del paisaje y de pronto, se la había notado…

Nada hubiese tenido de particular ese día si no hubiera sido el principio de algo. Algo que aún está presente…en el aire…a todos nos sigue.

Tomé como siempre por Av. de Mayo, doblé por Perú hacia mi izquierda y volví a ver las mismas personas. Como en una danza caótica todos nos encontramos nuevamente allí. Era una cita secreta, no agendaza…Sentí que sin esos encuentros diarios y rutinarios, mi vida hubiera sido otra…El tiempo lo confirmó. Me metí, casi me zambullí, para participar de ese encuentro físico, pleno de roces, esquives y pedidos de disculpas. Identifiqué a los habitúes al rito. Una mirada no bastó. Nos reconocimos todos. Seguí mi rutina como el mejor de los toreros.

De pronto, allí, nuevamente mi atención fue hacia ella. Ya ni la nombro, ni por ese mote que le puse…Otra vez estaba y había clamado mi mirada sin pedirlo. ¿Qué es lo que hacía que la mirase?

Seguí caminando. Mi cabeza analizaba qué razones había para que yo mirara a un objeto más del paisaje que recorría. La respuesta volvió a aflorar a mis labios: era su voz. Nuevamente estaba pidiendo en voz alta. “Una moneda…una moneda…” Esta vez pedía más alto… ¿o me pareció? Seguí mi camino.

Esa semana se repitió el aquelarre diario en esa maldita esquina con la puntualidad del sol. Los mismos rostros gastados, otras ropas, la misma gente. Lo único que variaba eran nuestras miradas…y la voz de ella…Con la precisión de la misteriosa matemática, una relación proporcional al incremento de su voz…brillos de odio comenzaban a adivinarse. Pero…si éramos los mismos de todos los días… ¿o no? ¿Acaso no estaba la empleada, el mozo…yo?

Ese fue el último día, el de todo. Tomé Av. de Mayo doblé a la izquierda por Perú. Tos nos vimos, me zambullí en el mar humano… y llegué. Otra vez allí. Esta vez de pié. Ya no imploraba, ya no pedía… ¡gritaba! Nos ordenaba desde su puente de mando que le diéramos una moneda. Y todos se la dimos.

Como un nuevo paso en el baile o una improvisación en escena, todos nos detuvimos. Eramos los mismos y no lo éramos a un mismo tiempo. Casi sin saberlo, hurgamos en nuestros bolsillos en busca de una moneda. Era como si las hubiéramos estado guardando para ella.

Una mirada cómplice recorrió nuestros rostros mutuamente. Hasta alguna que otra sonrisa se vio. La primera de las monedas se la dio el lustrabotas, en el ojo derecho, que comenzó a manar sangre entre los dedos de la mano que se llevó instintivamente al rostro, la segunda fue contundente, dio en la sien y la hizo caer de rodillas, el ex funcionario sonreía al comprobar que aún conservaba su puntería de niño; después ya no conté. Inútil fue para ella el intentar cubrirse. Era lo mismo. Sólo mil manos la hubieran salvado.

Finalizadas las monedas, seguimos nuestras respectivas rutinas…Al ver la aglomeración desde lejos, un tipo me preguntó si sabía lo que pasaba. Le dije: …una mendiga…pedía unas monedas y se las dimos…no sé…Seguí caminando.

Sigo pasando a diario por aquí, aún veo a algunos de los habitués al baile…el paisaje sigue siendo el mismo, pacífico.

El Halcón

 

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