NUESTRAS FIESTAS

CARTA A JESUS

 

Amado Maestro en éstas Pascuas, te escribo porque pienso que vos te preguntarás ¿si alguien se acordará de que sacrificaste tu vida por la humanidad? Desde mi casa, quiero contestarte: sí, yo me acuerdo y hay muchas personas más, aunque, parezcan pocas, las puedes ver. Mírales en su corazón, no por sus ropas, oropeles ni conductas. La gente se ha hecho muy complicada: la verdad se oculta bajo una falsa imagen o fachada. Mira las casas humildes, donde un huevo de pascua o una rosca pequeña, convierte en fiesta tu resurrección. Fíjate en la carita de los niños, que vagan por las calles y no tienen que comer, pero esperan un milagro… En las caras de los ancianos, que abandonados y solos igualmente comparte un pedazo de pan contigo, recordando la “última cena”. Míralos en las caras de los padres angustiados que, de rodillas, rezan por sus hijos enfermos, en las Capillas de los Hospitales. Obsérvalos en las caras serias y cansadas de los policías, bomberos y otros cuidadores de nuestra patria y de todos los países del mundo, que solos, lejos de sus familias, rezan en silencio y esperan poder volver con sus hijos para festejar tu renacer. No te olvides del mendigo, del cartonero, de los olvidados: porque ellos no te olvidan… Y, por último, quería decirte que yo, todo los días, recuerdo tu dolor y me parece poco mi sufrimiento comparado con el tuyo. Te ofrezco en estas Pascuas y todos los días, mis heridas, mis penas, mis angustias; como tributo a ti. Mi Señor, no estás sólo. Estás en mí y en todos aquellos que aprehendieron a reír sufriendo. ¡Amado Padre! No estás solo. Nadie te ha abandonado. Yo, soy tu hija y estoy a tu lado… Saya Maabar

 

Dedicado en estas Fiestas Navideñas a todos

aquellos que están solos o que se sienten abandonados.

Pero recuerden, la vida es el más hermoso regalo que nos dió Dios, esperen con fe, en todo camino solitario siempre aparece alguien que nos necesita y ayudando al otro somos ayudados. así descubrimos que nunca estamos solos...


UN MILAGRO PARA MARIA

 

 Como todas las ciudades del mundo, Buenos Aires se convierte en una marea humana que va y viene, especialmente a la hora que se encuentran abiertos los Bancos. Del asfalto parece subir una densa nube de vapor que, en ciertos lugares, se disipa para convertir en un infierno las calles tan transitadas. En una de las calles angostas del Microcentro, al amparo de la sombra que da el alero de un Banco, sentado en un rincón sobre un escalón Juan acurruca a su hijita. La mira y roza con su mano seca la pálida mejilla que, inconscientemente, se acomoda a la forma de su mano. Juan mira pasar a la gente, hombres y mujeres que pasan sin verlos, de vez en cuando extiende su mano pidiendo; aunque a su lado reposa una caja vieja de zapatos con algunas pocas monedas de escaso valor. Alguna que otra vez se conduelen y tiran unas monedas, otras veces, algunos ojos los miran con impotencia y dulzura. No siempre el que pasa tiene dinero para dar, pero por lo menos, lo acompañan silenciosamente en su dolor. Levanta sus ojos al cielo y clava la vista en los inmensos rascacielos con vidrios polarizados y oficinas lujosas. No hace mucho él trabajaba, no en una de esas oficinas, pero sí en una fábrica que hacía envases para exportar. Ganaba bastante bien con las horas extras, por lo menos para vivir dignamente. Luego, la empresa cerró y comernzaron las largas colas; pero tenía cuarenta años y mucha especialización, pero ningún título. Así fue perdiendo todo; ya no recordaba lo que era dormir en una cama, el calor de una frazada, una mesa tendida, un plato de comida sobre ella. Parecía que habían pasado siglos y, sin embargo, apenas habían pasado, escasamente, dos años, y ahí estaba él y su pequeña hija de seis años; como si de pronto se hubiesen vuelto invisibles. Los días eran todos iguales, cuando se vive así, no importa el mes, ni el año pero sí el día, ya que los fines de semana pasa mucha menos gente y eso aumenta el hambre y la soledad. Una mañana sumamente calurosa, Juan se despertó, corrió las hojas de diario con que se cubrían y, sacando de un bolso azul grisáceo deshilachado un vaso de plástico con tapa donde guardaba algo de leche; luego de fijarse si aún estaba buena, se la dio a María. Esta tomó muy lentamente, a sorbos el blanco líquido. Mirando a su padre, de pronto le dijo: no quiero más, ¡tomá vos!. Juan la miró mientras su corazón se desangraba lentamente y le dijo: no, yo comí un pedazo de pan, tomala toda. María, obedeció pero en sus ojos brillaba un atisbo de culpa y duda, en realidad, no le creía a su padre que hubiera comido pero no quería verlo sufrir más insistiéndole. Lo conocía orgulloso y altivo y así quería seguir recordándolo. Al mediodía, como acontecía los días de vencimiento de impuestos, el Banco se llenó y tuvieron que dejar el escalón, que hacía de casa. Para pasar el tiempo, Juan y María comenzaron a caminar por la calle Florida, ante la vista de desagrado en el rostro de las personas, pero no en todas. Claro, su vestimenta eran harapos que otrora fueron ropa de calidad, ahora el uso continuo y la falta de limpieza empañaba el brillo de la peatonal porteña. Juan, para que María no notara ese desprecio, comenzó a señalar los aparadores y allí se dio cuenta que estaban todos iluminados y decorados, ¡Claro! Le dijo María ¡falta poco para Navidad!. Por un momento, la alegría lo envolvió pero en pocos segundos volvió a tomar conciencia; ésta sería la primera Navidad que su hija y él pasarían en la calle. La sola idea lo horrorizaba, de pronto; escuchó las voces de unos niños cantando. Se acercó y mientras escuchaba, leyó el cartel que decía: “Hogar de la Merced”, al mismo tiempo, una monja pedía limosnas mientras explicaba que el Hogar se dedicaba a cuidar niños en estado de desamparo y que los alimentaban.. Entonces, Juan de pronto miró a María y una idea se le cruzó por la cabeza, una idea que su corazón rechazaba, pero que su cerebro no podía mas que aprobar. Levantó a su hija en brazos, la abrazó y la besó muy fuerte. Sin decir palabra, la bajó. Luego le dijo: no te muevas de acá, voy a buscar un baño en el que me dejen entrar, ¿me entendés?. María asintió con la cabeza y se quedó quieta, muy quieta, obedeciendo a su padre. Juan se marcho y se fue mezclando con la gente, mientras seguía dándose vuelta para ver, por última vez, a su hijita. Las lágrimas rodaban por su rostro, la duda lo atormentaba, pero, por otro lado, sabía que su hija - de esa forma - con las monjas, tendría una oportunidad. Con él no tenía ninguna. Caminó horas y horas, su corazón le pedía regresar junto a su niña, pero utilizó toda su fuerza para realizar lo que él creyó el acto más generoso que podía tener para con su hija, en toda su vida. Esa noche, María comió y durmió en una verdadera cama, pero lloró por dentro toda la noche, No podía entender cómo su padre la había abandonado y tal vez no lo entendería nunca. Juan, en una plaza, tirado en un banco, rezaba. El tiempo fue transcurriendo. María cumplió veinte años, tenía trabajo aunque ganaba muy poco, estudiaba en la Facultad, quería ser abogada, tal vez, para poder remediar la injusticia que ataca a otros; ya que no había podido luchar contra la injusticia, que sin tomar conciencia jamás, había hecho que su padre la abandonara. Nunca hablaba de él, siempre lo culpaba de su falta de amor hacia ella. Este rencor se había ido arraigando tan fuertemente en ella, que la privaba de ser feliz. Era correcta, disciplinada, muy buena alumna, pero tan inexpresiva como habían sido con ella. Le dolía la pobreza que veía a diario, ayudaba en lo que podía, pero no le era posible expresar sus sentimientos y menos aun decirle a alguien que lo quería. Pocas cosas la sorprendían, sin embargo, pasaba siempre cuando iba a la Facultad por una casona que tenía un jardín con bancos y arboles. Un día se acercó un poco más y vio que había ancianos sentados a la tardecita. Así pasaron los días hasta que María leyó el cartel en la puerta, que hasta ese momento no había querido leer, el mismo decía “Hogar de Ancianos- Séptima”. Luego de leerlo, sin darse cuenta huyó del lugar como si algo la persiguiera. Por varios días no pasó por allí, inventaba excusas hasta para no ir a la Facultad. Pero un día, no tuvo más remedio que volver a pasar, llegaba la Navidad y esa era una época que la emocionaba y tambien la entristecía, no podía olvidar que unos días antes de Navidad su padre la había abandonado. Al pasar, saludó rápidamente con la mano, parecía que una fuerza invisible le impedía acercarse. En su casa preparaba las cosas para Navidad. No había olvidado el ritual del armado del árbol, además, conservaba la costumbre de poner, aunque sea, un pequeño pesebre, tampoco olvidaba la costumbre de agregar tres bombillas nuevas al árbol, para tener suerte en el año que se iniciaba. Le faltaban algunas guirnaldas, entonces, a la tarde fue a comprarlas. Sin darse cuenta, pasó por la vereda donde se encontraba la reja del “Hogar de Ancianos”. Se sorprendió al ver a uno de buen porte, canoso aunque algo delgado, cerca de la reja. Lo miró y lo saludó, luego, otra vez se apresuró a escapar. No podía dejar de preguntarse, porqué ese lugar le atraía y a la vez, la alejaba al mismo tiempo. Decidida a vencer ese irrazonable temor, comenzó a saludar y luego, llegó hasta a hablar una que otra palabra cada vez que pasaba por el Hogar. La Navidad se acercaba y, para ese entonces, se había hecho bastante amiga de ese señor que había encontrado en la reja y al que llamaba Beni. Llegó a entrar y a tener largas charlas; pero él nunca quería decir su verdadero nombre, ni hablar de su vida, cosa que ella respetaba; porque, en realidad; María tampoco quería recordar su pasado. Eso la llenaba de odio, de impotencia y ese sabor amargo en su boca que le había quedado desde su niñez. Muchas noches quería dormir y no podía; recordando como su padre la abrazaba tapándola con diarios, pero enseguida, aparecía su imagen buscándolo desesperada entre la multitud hasta que, al anochecer, la hermana Elena se dio cuenta que estaba abandonada y la llevó con los otros chicos. Ella, en su inocencia, juró no perdonar a su padre jamás. Y así lo hizo durante tantos años. Mientras ponía la estrella de Navidad en el pico del árbol se acordó de Beni, no tenía mucho dinero pero no le había comprado nada y, a pesar de su forma de ser; algo sentía por ese hombre relativamente joven pero que parecía un anciano. Salió a la calle mientras pensaba qué le podía comprar. Se preguntaba ¿qué podía hacer feliz a un hombre tan taciturno y que vivía en ese lugar?. De pronto, se vio entrando a una casa de artículos de pesca. Cuando el vendedor le preguntó si podía ayudarla en algo, ella lo miró sin saber que contestarle, mientras por dentro pensaba qué la había llevado a ese comercio. Beni no iba a pescar. Pidió disculpas al vendedor y salió, se tambaleó a tal punto de tener que apoyarse contra la pared. Sus pensamientos se habían ido a su niñez, cuando ella con su padre arreglaban la tanza y preparaban la carnada para ir a pescar. No podía entender porque ese recuerdo en ese momento. Se acercaba la Navidad y ella amaba esas Fiestas, entonces no podía comprender como recordó algo que realmente quería olvidar. ¿Cómo había pensado en el hombre que la había abandonado?. Beni tambien pensaba en la Navidad, nunca había disfrutado - o por lo menos nunca demostrado - que le gustaban las Fiestas y ahora, hubiera dado cualquier cosa por volver a vivir como antes en familia y, además, poder por una sola vez hablar y demostrar lo que sentía. Pero donde estaba, no tenía muchos a quien contarles y tampoco tenía parientes, prefería no pensar. En su mente apareció la joven con la que charlaba. Ahora pensaba que nunca le había preguntado el nombre, antiguo resabio de su vida silenciosa y de su falta de expresión; pero en el fondo sentía algo especial por ella que realmente no podía definir. María optó por un libro de Caza y Pesca, pensó que aunque no pudiera salir a pescar o a cazar, podría volar con su imaginación mirando las hermosas fotos. Lo estaba envolviendo cuando pensó en dedicarlo, siguiendo sus hábitos, se arrepintió, y empezó a envolverlo de nuevo, pero algo la detuvo. Se preguntó ¿por qué por una vez en su vida no hacía lo que sentía?. Entonces, tomó una lapicera y luego de pensar miles de frases escribió:” Para Beni, con cariño de quien podría ser su hija, María”. No supo porque lo había escrito pero, antes de arrepentirse, lo envolvió y puso un hermoso moño. Rápidamente, luego lo acomodó al pie del árbol de Navidad, se lo daría a la medianoche. Iría a verlo al otro día, que era Noche Buena. Beni, en el Hogar, miraba las estrellas por su pequeña ventana y pedía en silencio que hubiese un milagro, aunque pequeño, esa Navidad; aunque fuera la última en su vida. María, tomó su cartera y el paquete del moño dorado y salió para llegar justo a la medianoche. Tocó timbre, ya la conocían y la dejaron pasar. Fue hasta el parque, donde en un banco solitario, miraba al cielo Beni.. ¡Hola!, le dijo, faltaba poco para las 12 hs, le traje una copa y otra para mí, vamos a brindar. Beni la miró como si nunca la hubiera visto, las luces de colores que titilaban adornando los arboles del hogar, hacían brillar los ojos de esa joven de una forma que le hacía acordar a sus ojos cuando era joven. De pronto, Beni se dijo a sí mismo, porqué no podía ser en ese momento, por primera vez en su vida y luego de tantos años; que dijera a esa joven su verdad. Era tanto el peso que llevaba, que ya no se sentía con fuerzas para continuar así. Entonces, María dijo: este regalo es para Ud., Beni lo tomó en sus manos y dijo: yo no pude comprarte nada pero lo único que puedo regalarte es mi verdad, la que nunca te conté sobre mi vida en nuestras charlas. María iba a interrumpirlo cuando Beni con un gesto le pidió que no hablara y prosiguió: yo tengo una hija, casi de tu misma edad, creo yo. Espero que esté segura en alguna parte, la última vez que la vi tenía seis años. María sintió como empezaba a sangrar esa vieja herida que creía cicatrizada, entonces preguntó: ¿y ella donde está, porqué no está con ella? Yo la abandoné dijo Beni; María sintió que su odio se convertía en una profunda tristeza, Beni continuó: yo estaba en la ruina, no podía ni darle de comer fue unos días antes de Navidad, entonces mientras escuchábamos tomados de la mano, a unos niños que cantaban villancicos de Navidad, me dí cuenta que lo mejor que podía hacer por mi hija era permitir que viviera con un techo y comida y no en las calles como lo estabamos haciendo. María le dijo: ¡la abandonó!, sí le contestó Beni y jamás me lo voy a perdonar pero ya es tarde, lo único que me gustaría pedir en esta Navidad es que mi hija sea feliz y si la tuviera enfrente le pediría perdón y le diría que el dolor que le causé lo pago todos los días de mi vida al no poder verla ni contarle la verdad. María hacía esfuerzos para que las lágrimas no escaparan de sus ojos. De pronto se sintieron las campanadas del reloj, la Navidad había llegado, el cielo se iluminó con los fuegos artificiales y las cañitas voladoras. María enjugó sus lágrimas y chocando la copa le dijo: ¡Feliz Navidad Beni!, Él hizo lo mismo y luego le dijo: a propósito mi verdadero nombre es Juan y luego preguntó ¿cómo era su nombre, entonces María rápidamente hizo como que se tropezaba y tiró el libro que Beni tenía en sus manos, rápidamente y aprovechando la semioscuridad arrancó la hoja donde estaba la dedicatoria y le devolvió el libro ¡Gracias!, dijo Beni emocionado. María se sintió niña de nuevo, volvieron a su mente confusos recuerdos y sentimientos de alegría y de inmenso dolor. A pesar de todo el milagro se había realizado en esa Navidad. María conoció la verdadera historia, la cruel realidad de su vida. Se quedaron en silencio, ella tenía que madurar mucho sus ideas erróneas, su dolor por el abandono, comprender las razones y eso no iba a ser fácil. Lo saludó y sin decirle su nombre se fue caminando lentamente, como lo había hecho tantas noches de Navidad, sola, pero esta vez tenía una ilusión con el tiempo podría hablar con su padre, ahora solo tenía que esperar que cicatrizaran un poco sus heridas. Las luces intermitentes de los adornos de Navidad de las casas la acompañaron en silencio. Saya Maabar


 

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