EL RINCON DE LOS NIÑOS

 


 

LA TAZA DE TE Y LA BARRA DE CHOCOLATE


 

Dentro de un marco de lomas verdes como la esperanza e hileras interminables de árboles que parecieran tocar el cielo azul celeste con sus picos, en la cima, se destaca una gran casona.  Adornada con estatuas que dan la impresión de estar dormitando, en espera de la llegada del sol matinal y con grandes escalones de mármol blanco que forman la escalera de acceso a la casa silenciosa y adusta como tomada de un cuadro pintado por alguien que puso gran imaginación en la combinación de colores en su paleta para darle a su pintura toda la gama de colores necesarios para plasmar, no solo la casa, sino también el espíritu de la misma y de la gente que la habita.
Por dentro, la casona parece tener un clima especial, un aroma de nardos y azucenas recién cortadas, impregna las habitaciones luminosas y pulcras. Se destacan las carpetas de hilo bordadas al croché que sirven de apoyo a inmensos jarrones de cristal repleto de flores multicolores, adornando muebles de caoba oscura y lustrosa.
En el comedor, la mesa grande y ovalada, se encuentra cubierta con un inmenso mantel decorado con vainillas y puntillas que alguien esmeradamente bordó. La mesa se encuentra dispuesta para el té de las cinco de la tarde.
En la enorme cocina los sirvientes entre risas y susurros, repasan las tazas de té de porcelana fina decoradas en oro y luego las colocan sobre una hermosa fuente rectangular de plata con asas torneadas. Sobre la gran mesada se encuentra una tableta de chocolate de taza, que solitaria reposa sobre el impecable mármol, preparándose para ser guardada dentro de la alacena hasta que sea necesario su uso.
Una de las tazas de té –la más hermosa- se dirige a la barra de chocolate y en forma irónica dice –parece mentira como pudo alguien traer esa clase de chocolate a esta casa ¡Qué barbaridad!, ¡Dónde iremos a parar! La barra de chocolate que escuchó el comentario dice: ¿por qué estás enojada?; yo no te molesto. La taza indignada, volviéndose hacia ella responde: no te autoricé para que me dirigieras la palabra: ¡cómo se ve que no conoces buenos modales! Yo, pertenezco a la nobleza entre las tazas y tú solo eres algo vulgar. Hasta que tú llegaste sólo había chocolate en forma de bombones, mousse u otras cosas que no creo que conozcas. Para que perder el tiempo contigo –decía esto mientras se acomodaba cerca del rayo de luz que entraba por la ventana de la cocina para hacer resaltar su brillo y distinción-, la barra de chocolate apesadumbrada al verse solo provista por un papel común multicolor como ropaje, se sintió triste y llorando se acurrucó dentro de su envoltorio como para impedir ser vista. Asimismo, la taza de té prosiguió con sus ofensas mientras la barra de chocolate no podía explicarse el porque de tanto desprecio; era verdad que ella no era fina como los otros chocolates de la casa pero ella siempre se había sentido útil haciendo feliz con su sabor, a la gente que le robaba un pedacito de su ser, como hacía la doncella a escondida de su patrona, los sirvientes no parecían despreciarla, es más parecían contentos con su llegada.
De pronto se abrió la puerta y la doncella apresurada dijo: ¡llegaron los señores!, ¿están los scons?, y rápidamente levantó la bandeja de plata con las tazas de porcelana y la llevó al comedor, sin poder evitar una maliciosa mirada de la taza de té al chocolate, llena de orgullo y soberbia digna de ser una reina.
La barra de chocolate, abandonada sobre la mesada, se quedó absorta meditando. No podía entender que había hecho para poner tan furiosa a la taza de porcelana. Pensando así se dormitó. De pronto, un silbido agudo la despertó, era la pava que avisaba con su sonido que el agua estaba hirviendo, el vapor se elevaba como las bocanadas de humo de un tren en movimiento.
La pava le habló; ¡Hola!, ¿qué haces aquí? Con cierta desconfianza, le respondió: “me trajeron”. La pava lanzó otro silbato, pero esta vez de satisfacción, me alegra, ¡eres simpática! Sobre un lienzo absorbente descansaba la taza de té, que al oír la conversación, no pudo con su genio y dijo: no entiendo, quien te autorizó a darle la bienvenida. La pava le respondió irónicamente: ¡Oh, Vuestra Majestad!, disculpe, tenía que haberle pedido permiso a usted y luego estalló en una serie ininterrumpida de silbidos altisonantes que pusieron furiosa a la taza de té, que con gran enojo, dio su espalda a la pava y con gesto altivo se dispuso a seguir descansando.
En eso entró una dama distinguida con su cabello gris prolijamente recogido en un rodete y un señor canoso con cara de bonachón sobriamente vestido. La señora luego de una mirada de desaprobación dirigiéndose a las doncellas que venían tras ellos, dijo: vuelvan a guardar la vajilla y también esta barra de chocolate.
Dentro del desorden reinante, las doncellas se apresuraron a cumplir con el pedido en el apuro guardaron las tazas de porcelana y al lado colocaron la barra de chocolate. No pasó mucho tiempo para que la taza de porcelana pusiera el grito en el cielo, ¡cómo pueden ser tan tontas!, exclamó. La barra de chocolate que tenía bastante miedo en ese lugar oscuro, temblorosa le contestó: ¿por qué dices eso?, las doncellas son muy buenas y los dueños esta casa también lo parecen. La taza rápidamente replicó: ¡Ah!, ¿Cómo puedo pretender que tú me entiendas? Yo, ya te lo dije: no soy una taza cualquiera, por lo tanto no veo porque tengo que estar junto a ti que eres una barra más que común de chocolate.
En el preciso momento que la barra de chocolate iba a contestarle, se sintieron voces que venían de afuera, eran las doncellas que se aprontaban a tomar su té. Por la rendija de la puerta la barra de chocolate se dedicó a observarlas, se encontraban vestidas con impecables uniformes azules de faldas largas con tocado y delantal, primorosamente bordados con puntillas de color blanco. Conversaban animadamente de las tareas de la casa, mientras tomaban su té en tazas grandes de cerámica marfil y parecía reinar una gran armonía.
La taza de porcelana se sintió herida al ver que  la barra de chocolate no le prestaba atención y le dijo: ¿qué miras?, son sirvientes nada mas, y siguió bla…bla…bla…, hasta que la barra de chocolate comenzó a sentir que no iba a poder tolerar mas, pero entonces pensó que ella actuaba así porque estaba sola o triste, de pronto le dijo: ¡Basta ya!, ante la sorpresa la taza comenzó a tintinear de furia, como había osado gritarle ¿justo a ella?. Muda de indignación se quedó mirando al chocolate, expectante. La barra de chocolate dijo: no niego tu belleza, ni mi humildad, pero no veo como puedes vivir solo pensando en ti. La belleza solo brilla cuando va acompañada de sentimientos de amor hacia los demás y de ellos hacia ti. Tú solo brillarás de verdad cuando seas útil haciendo feliz a alguien y sientas su agradecimiento, mientras tanto serás un artículo de decoración más en esta casa. Yo quiero ser tu amiga.
La taza de porcelana herida en su orgullo respondió temblorosa ¡Jamás!, pero aunque no siguió hablando, las palabras repiqueteaban en su mente, ya que no era la primera vez que había oído decir a las doncellas con fastidio, tanto trabajo para que no se rompa y al fin y al cabo, no difiere de las tazas donde nosotros tomamos nuestro té, salvo porque es mas cara. Sí, no recordaba la   hubieran tratado con cariño, yeso ahora le dolía.
El comenzar del día siguiente fue esplendoroso, un estallido de colores anunciaron un día frío pero pletórico de sol, sin embargo, el anciano jardinero señalaba con su dedo nudoso y ajado, un grupo de nubes grises que lejos se observaban en el horizonte y decía: va a venir tormenta…
Las doncellas se reían pero miraban hacia las nubes con cierta desconfianza, generalmente el viejo jardinero no se equivocaba. Sin embargo, la brisa todavía era suave y no parecía predecir una tormenta, aunque las mismas eran habituales y por lo general sorpresivas.
La barra de chocolate que fue la primera en observar los rayos oro y rubí que entraban por la ventana de la cocina escuchaba como comentaban, que los señores iban a dar un paseo en coche ese día y mientras una doncella planchaba prolijamente los pliegues de la pollera de seda del vestido negro con encajes de la señora otro lustraba afanosamente las botas del señor, mientras tanto hablaban entre sí. Es bueno que salgan, no lo hacen desde el señor Daniel se fue a la guerra y entre lágrimas decían: ¡el único hijo!, ¡qué desgracia, pobres!…y con lo bueno que son los señores.
En ese momento la taza de porcelana despertó, ¡cuánto ruido!, ¿no podrían trabajar sin hablar? La barra de chocolate todavía emocionada por lo que había escuchado, le respondió: si tú escucharas serías más comprensiva y también entenderías más a las personas. ¡Que tonterías dices!, ¿para que quiero yo entenderlas?
La barra de chocolate arreglándose el papelito multicolor que la cubría dijo: ¡Ojalá, algún día, te des cuenta que tu soberbia solo te llevará a la soledad!, tu no eres nada, sino tuvieras alguien que tomara té o cualquier otra cosa permanecerías de adorno en una vitrina. Enojadísima la taza le dijo: ¿cómo, cualquier otra cosa?, yo, soy una taza de porcelana de té solamente, ¡qué ridiculez!, como piensas que permitiría que sirvieran en mí otra infusión. La barra de chocolate le dijo: ¿ni aún si sabes que así serías útil y querida?, eso no cambiaría las cosas. Espero que algún día te des cuenta de tu error y mirando otra vez por la abertura de las puertas del armario, la barra de chocolate vio como las doncellas saludaban a los señores que se retiraban a su paseo.
Muy dentro de sí, sintió pena por la hermosa taza, tan linda y tan pobre de sentimientos, Pero aparentemente nada podía hacer, solo Dios y el tiempo decidirían el destino de la taza de porcelana, no sabia cuando.
Para la taza de porcelana fue una tarde aburridísima, ya que los sirvientes no la usaron para su té y por lo tanto permaneció encerrada en el armario, no así lo fue para la barra de chocolate que ocupó un lugar destacado en la mesa y compartió las charlas, bromas y anécdotas de la familia y el lugar.
De pronto las persianas exteriores comenzaron a golpearse fuertemente, el cielo se había puesto gris plomizo y el agua estaba cerca. El anciano jardinero se levantó de su silla y dijo: ¿vieron?, les dije que venía tormenta…hay que cerrar las ventanas, y así lo hicieron, saliendo las doncellas y él mismo en distintas direcciones mientras murmuraban ¡y los señores, que todavía no han llegado!
Las cortinas de fino hilado se mecían al compás de la tormenta que iba avanzando. Los truenos y rayos no tardaron en hacerse escuchar haciendo temblar de miedo tanto a la barra de chocolate que había quedado sobre la mesa de la cocina y que se iluminaba en forma intermitente con cada rayo que caía, como también hacían tintinear de terror a la taza de porcelana encerrada en el armario. Recordó entonces la barra de chocolate que la taza estaba sola, trepó hasta el armario, se metió adentro y trató de calmarla, quien aunque soberbia, había empezado a extrañarla, a pesar de que sus comentarios la molestaran. Sin hablar, se mantuvieron unidas, la taza por primera ve pensó que era hermoso sentirse protegida, había pasado muchas tormentas sola y era agradable la diferencia que experimentaba.
La tarde pareció convertirse sorpresivamente en noche, pronto llegaron las lámparas de kerosene con su luz amarillenta y mortecina que formaba figuras fantasmagóricas sobre la pared de la cocina.
Sentados los sirvientes hablaban y rezaban por sus señores, ansiosos para que regresaran bien. No se sabe cuanto tiempo transcurrió hasta que el ruido del coche anunció su llegada; salieron a recibirlos, pero las voces agitadas que se escuchaban y el taconear de pasos apresurados impedían saber que decían ya que esas voces se confundían con los truenos de la tormenta.  De pronto, las palabras se escucharon más claras, los señores daban órdenes: traigan una manta y ropa seca y…, prepárenle algo caliente par tomar y comer, ¡Pobrecito, está empapado! Y así, las órdenes siguieron y los pasos se multiplicaron.
La barra de chocolate se asomó del armario y vio a un niño de unos once o doce años completamente mojado, flaco y despeinado que cuidadosamente la señora tapaba con una manta tejida mientras el mismo señor avivaba las llamas del hogar agregando mas leña él mismo.
El niño miraba con ojos desorbitados todo ese lujo como si estuviera viviendo una fantasía; sus ojos expresaban una tristeza profunda y una inmensa soledad.
La cocina hasta ese momento vacía se llenó de ruidos y voces -¡pobrecito!, ¿qué le hacemos para que entre en calor?, una taza de chocolate dijo la doncella más regordeta y rápidamente puso la leche a hervir, en ese instante entró la señora y le dijo: ¡deja eso! Yo lo haré, tu ve a prepararle el cuarto del niño Daniel y el baño.  La doncella se quedó paralizada y con una mirada mezcla de dulzura y tristeza, suavemente pregunto: ¿el cuarto del señor Daniel?, la señora se dio vuelta y con lágrimas en los ojos le dijo: Sí, él le hubiera ofrecido su cuarto si estuviera aquí, y sin mas la doncella se retiró.
Luego de unos momentos en que los ojos de la señora se perdieron vaya a saber en que tierna y dolorosa escena de su vida, abrió la alacena y tomó la barra de chocolate y la taza de porcelana, colocándolas sobre el mármol de la mesada. La taza de porcelana dijo: ¡Oh! Se equivocó, yo no soy para servir chocolate, soy una taza para el té. La barra de chocolate no le prestó atención ya no podía dejar de mirar a ese niño desvalido que les inspiraba tanta ternura.
Sacaron un trozo de la barra de chocolate y en minutos sirvieron el mismo en la taza de porcelana que enojada no podía dejar de manifestar con rezongos su desaprobación.
Cuando la taza llegó a la mesa, la barra de chocolate seguía mirándola desde la mesada y vio como el niño con miedo tomaba con delicadeza la taza y antes de tomar su chocolate decía: ¡que hermosa taza!, nunca vi algo tan lindo. La taza pareció iluminarse de orgullo, entonces la señora le dijo; ¿te gusta?, entonces será tuya. Ante la sorpresa la taza empalideció mientras que la barra de chocolate se reía.
Pasaron varios días sin que la barra de chocolate y la taza de porcelana volvieran a verse, el niño no se despegaba de ella; la llevaba a su dormitorio a la hora de acostarse, a la mesa a la hora de comer y a todos lados de la casa, también le hablaba. Esta taza se había convertido en el símbolo de su llegada a una felicidad ni siquiera soñada.
Una tarde la barra de chocolate y la taza de porcelana volvieron a verse. La barra de chocolate ahora convertida en un pequeño trozo envuelto en un gran papel multicolor varias veces doblado se asomó de la alacena y vio como sacaban de la hermosa taza un pequeño pez de colores vivos mientras la doncella le decía al niño que ese no era el lugar para guardar pecesitos y le daba en cambio un gran frasco de boca ancha, que el niño no quería tomar hasta que la misma le prometió devolverle su taza en cuanto él la pidiera.
Entre rezongos el niño aceptó y salió corriendo hacia el manantial, mientras tanto bajo la mirada complacida de la doncella, la taza fue lavada prolijamente y luego de ser secada la colocaron en el armario al lado del trozo de chocolate.
La taza al verla se sintió muy alegre y comenzó a contarle las aventuras del niño, hasta que de pronto se dio cuenta del tamaño de su amiga, la barra de chocolate y le dijo: ¡Oh!, ¿qué te ha pasado? La barra de chocolate con una sonrisa le contestó nada, sólo estoy cumpliendo con mi misión. La taza apesadumbrada le dijo: ¡pero si sigues así, desaparecerás!, y yo te necesito, ahora sé lo que es ser útil y tener amigos, tú fuiste mi primera amiga.
No importa lo que pase –dijo la barra de chocolate- lo importante es que ahora conoces la amistad, con eso me siento feliz. ¡No!, ¡No!, y ¡No!, dijo la taza lagrimeando y mientras revisaba con desesperación el interior de los estantes, se le ocurrió una idea e inmediatamente comenzó a empujar con su asa a la barra de chocolate hacia el interior del estante, la barra de chocolate, que no entendía a que se debían tantos empujones, le preguntó: ¿qué haces?
La taza transpirando por el esfuerzo realizado, logró colocarla en el fondo del estante donde no se la veía y corriendo un frasco la tapó.
¡Ya está!, dijo la taza, nadie te encontrará y seguiremos siendo amigas por el resto del tiempo. Pero no creo que sea correcto, dijo la barra de chocolate apretado contra la pared, tú –dijo la taza- me enseñaste que solo se es feliz cuando se quiere y se es querida, yo lo comprendí y si quiero seguir siendo feliz debo protegerte.
Cada vez que me guarden podremos hablar y yo te sacaré a la luz cada vez que pueda para que no estés aburrida. Pero, debe ser un secreto entre tú y yo ¿entiendes?; si, entiendo respondió la barra de chocolate con su dulce corazón latiendo de emoción.
Pasaron los días y una tarde cuando la doncella fue a buscar el chocolate para hacerle la merienda al niño, sacó la taza de porcelana preferida y buscando la barra de chocolate, revolvió todo el estante, mientras la barra se hacía más chiquita aún apretándose contra la pared de la alacena, luego de la infructuosa búsqueda y mientras la mirada cómplice de la taza de porcelana se dirigía al interior del estante, la regordeta doncella dijo para sí: ¡Que extraño!, hubiera jurado que quedaba chocolate, bueno tendré que mandar comprar…la taza de porcelana sonriente le grito a la barra de chocolate ¡hasta luego, amiga!, y aprovechando que la doncella no estaba en la cocina, se acercó a la puerta del armario la barra de chocolate y arrojándole algunos papelitos de colores de su envoltorio a la taza, le dijo: ¡Hasta luego, Majestad!.
Pasaron muchos años, muchas madrugadas y se dice que cuando el niño fue hombre, ya casado y con dos hijos, volvió a la casa, que en esos tiempos se encontraba vacía, decidido a instalarse allí con su familia, y mientras su esposa revisaba los armarios de la cocina, sólo encontró una hermosa taza de porcelana y muy en el fondo del estante junto a la taza, una vieja barrita de chocolate, que no sabe porque, nunca tiró ni las cambió de lugar. Solo se sabe de ellos que vivieron felices y que siempre siguieron tomando chocolate.

                                   Saya  Maabar

 

Bajo el asfalto.
 

Ramón solía despertarse muy temprano, pero ese día, se quedó dormido.
El reloj marcaba las 8 horas, Marianella, su hermana y su madre ya estaban sirviendo el mate cocido en las tazas descascaradas de siempre al lado del calentador.
Su casa consistía en una pieza de madera y chapa, ese lugar era utilizado como comedor, cocina y dormitorio para él, su hermana y sus padres, además, había un baño precario.
La noche anterior se había dormido tarde, aunque simulara –tapado con la vieja frazada deshilachada- escuchaba a sus padres que hablaban en voz baja. ¿Y como podemos hacer Jorge?. La preocupación recaía sobre una camisa, una corbata y un saco que su padre no tenía. Su padre aún joven pero luego de una larga enfermedad había perdido su trabajo, siempre se había desempeñado como ayudante de Contador, su curación había consumido toda la poca fortuna de su familia. Gracias que todavía había podido irse a vivir a una casilla en la Villa cercana al Ferrocarril, la vida allí era muy difícil aunque su madre de naturaleza sufrida hacía lo posible para no traspasar a sus hijos sus angustias.  La conversación entre ellos había sido larga, por primera vez su padre tenía la oportunidad de un trabajo, pero por esas rarezas que tiene la vida: una camisa, una corbata y un saco se interpongan ante la posibilidad de cambiar de vida, deseo largamente esperado.
Después de un ¡Buenos días!, tomó su tazón de mate cocido en silencio, su carácter era reservado y más bien hosco, en cambio Marianella, tal vez por ser la menor y no recordar nada mas que la vida en la Villa, era alegre como una mañana de Primavera, saltarina y gritona, vivía en un mundo de fantasía. Cuando a la noche veía a la luna, venía corriendo y le decía al oído: ¡vení, vení, pedile un deseo a la luna, mirá que grande está!. Ella te lo va a conceder. Ella me dijo que hay gnomos: personitas muy chiquititas por todos lados que nos ayudan y están esperando que nosotros les pidamos cosas, porque son muy buenos y sólo son felices ayudando a los demás, son verdes, rosados y gorditos y…así continuaba por horas.
Yo estaba muy lejos de creer en gnomitos a esta altura de mi vida, donde tuve que cambiar mis juegos infantiles por pdir en las calles de asfalto para poder ayudar a mi madre en la curación de mi padre y consciente del dolor que esto le infligía a ambos. Eso desesperaba mas a mi padre en su afán de trabajar, ¡él, que me había soñado Ingeniero!.
Tome mi bolsa de lona de un color verde sucio y con un ¡Adiós! Me dirigí a la Estación como todos los días. Entre tanta gente, humo y trenes entrando y saliendo tal vez podía ser un buen día y ganar algo para llevar a mi casa.
El movimiento de la gente era incesante, mientras extendía mi mano entre las personas, súbitamente me asaltó la idea de ver cuanto salía la ropa que necesitaba mi padre.
Salí de la Estación y empecé a caminar hasta que llegué a una tienda de ropa para hombres, allí vi un hermoso saco azul con una camisa blanquísima y una corbata en degradé de grises azulados, me parecieron ideales ya que mi padre tenía un pantalón en buen esta de conservación todavía y unos zapatos negros del mismo color, iguales a los que estaban junto al maniquí. La desilusión llegó cuando sumé, necesitaba 250 pesos, y esa cantidad de dinero no la había visto jamás, toda junta, desilusionado y triste volví a la Estación, era mediodía y la marea humana se movía en forma constante como las olas del mar que una vez llegué a conocer. Extendí mi mano, pero las personas parecían no verme y me preparé para pasar un día difícil. El tiempo fue cambiando, la Estación parecía ir oscureciéndose poco a poco y de reojo miraba hacia fuera, unos tremendos nubarrones gris plomizo se iban juntando como queriendo formar un techo a la ciudad. No tardó mucho en sentirse los primeros truenos, luego el cielo dejó caer sus primeras gotas minúsculas, que batidas por el viento daba la sensación de una nevisca. Mas tarde las gotas aumentaron  de tamaño y la lluvia se hizo torrencial.
Dentro de la Estación, por el viejo cieloraso se deslizaba el agua formando goteras que mojaban el piso y enfriaban el ya húmedo de por sí recinto. Los charcos fangosos se multiplicaban y la gente al pasar me salpicaba embarrándose los ruedos de los pantalones y sus zapatos.
Tambien hubo mas que un resbalón, nunca faltante en este piso antiguo y desgastado por el paso continuo de tantos años y tanta gente, el apuro de hombres y mujeres hacía más difícil la situación, eran ya mas de las tres de la tarde y solo había juntado unas pocas monedas, sumaba y volvía a sumar cada vez mas lejos veía la posibilidad de comprar la ropa de papá.
Todavía recordaba las palabras de Marianella…hay hombrecitos pequeñitos, gnomitos que están esperando para ayudar a los demás…si no estaban bajo el asfalto, yo realmente no los veía y sin darme cuenta con esta idea me quedé dormido.
Soñaba con gnomitos de colores que me traían el saco, la camisa y la corbata de papá haciendo gran esfuerzo entre varios, cantando y marcando el paso, todos al unísono, escuchaba sus risas y sus cantos tintineantes como cascabeles. De pronto un ruido me sobresaltó, un señor muy elegante y una mujer alta y rubia gritaban, pedían ayuda, de pronto sus miradas y las mías se cruzaron, no sé porque lo hice, pero fui hasta ellos y les escuché decir ¿dónde está?, ¡Por Dios!. Les pregunté y ellos entre palabras y llanto me dijeron que su hijito se había extraviado, que tenía tres años, rubio con rulos, vestido con un jardinero celeste y camisa blanca. Que no lo encontraban y muchas palabras que por el ruido no entendí.
Dejé que mi impulso de conocedor de la zona me llevara y recorrí uno por uno los andenes, me pareció, que a propósito, nunca había habido tantos chicos en la Estación. Estaba comenzando a pensar que no lo encontraría, cuando de pronto, vi a aun pequeñuelo llorando de manos de una señora que miraba hacia todos lados. Me acerqué y le pregunté si era suyo el niño y me dijo que no, que apenas unos instantes antes le había tomado la mano, le dije que sabía donde estaban los padres y contenta me lo dio. Lo tomé en brazos y hablándole lo llevé a donde se encontraban sus padres. Al verlo los dos lo abrazaron y lloraron, me sonreí mientras me alejaba, cuando de pronto escuché una voz que me decía: ¡eh pibe!, me di vuelta y era el señor elegante que se dirigía hacia mí y dándome la mano me dijo, no sé como podemos agradecerte, mi hijo no tiene precio para nosotros, es lo mas importante que tenemos.
¡No es nada!, le dije. Yo tambien tengo una hermanita y no me gustaría que se perdiera. ¿Dónde vivís?, me preguntó mientras su esposa con el niño se acercaba a mí, en la Villa de al lado de la Estación. Mirándose entre ellos, vi como una sonrisa muy dulce en el rostro de la mujer acompañaba el ademán del esposo, que del bolsillo del saco retiró un bloc de papeles con vivos color celeste. Sacó una lapicera y escribió algo en uno esos papeles, luego lo firmó y me lo dio diciendo: es muy poco, no lo pierdas, dáselo a tus padres, nuestro agradecimiento será eterno, y saludándome con la mano, mientras el niño enjugaba una última lágrima, se marcharon.
Sin pensar miré la hora, eran mas de las 8 de la noche y sin dinero pero muy alegre me dirigí a la Villa.
Cuando llegué a la casilla vi a mi madre junto a mi padre, Marianella estaba como de costumbre mirando el cielo desde la ventanita. ¿Cómo estás, hijo?, dijo mi padre con la mirada triste con que observaba cuando me veía regresar de lo que muy a su pesar era mi trabajo; bien, hoy se perdió un chiquito y yo lo encontré, ¡qué suerte!, dijeron mis padres casi al mismo tiempo, ¡pobres! Agregó mi madre, entonces dentro de mi cansancio recordé y abriendo mi bolsa de lona le alcancé el papel a mi padre, tomá papá el señor me lo dio, me dijo que se los diera a ustedes y que no lo perdiera, no sé que es.
Mi padre tomó el papel largo y angosto, de pronto vi que su rostro cambió. La tristeza había desaparecido y una llamarada avivaba sus ojos. Se paró y abrazándose a mi madre, entre sollozos me miró y me dijo: ¿sabés lo que te dio ese señor?. No le respondí sorprendido. El me contestó: la posibilidad de comprar la camisa, corbata y el saco y, además, poder vivir en una casa donde tu madre no tenga que cocinar en un calentador, ni ustedes dormir en el suelo.
Yo lo miraba atónito, no entendía como ese papelito podía dar esas cosas, ante mi mirada interrogante, mi padre me abrazó y dijo: este papelito vale mucha plata, ha de ser un señor muy rico y que quiere mucho a su hijito. No podía creerlo, yo que ni soñaba poder juntar 250 peso, no llegaba a imaginar cuanta plata era, entonces tartamudeando pregunté: ¿con eso podés comprarte la corbata y…?. ¡Sí! Gritó mi padre abrazándome  y mucho más.
Mi madre tomó a Marianella en brazos y se acercó a nosotros entonces dijo casi susurrando: hay que pedir todas las noches a Dios, que bendiga a ese hombre ya su familia, por su gran corazón y a ti por ser el niño mas bueno.
Rápidamente de las lágrimas pasamos a la risa, mi madre, dijo: vamos a comer el guiso, hoy conseguí algo de carne. Mientras mi padre miraba el papelito y mi madre preparaba el mantel blanco sobre la mesa de madera, Marianella se acercó y me dijo: ¿ahora crees o no crees que hay gnomitos que te dan lo que pedís?. Con una carcajada aprobé con la cabeza y dije: sí, pero están escondidos en el asfalto y cuando salen, no siempre son verdes, algunos son rubios de rulitos y visten jardineros celestes.
Esa noche como tantas, luego en el transcurso de mi vida, miré la luna y pedí un deseo. Pedía a Dios por todos y por esa familia que nos había devuelto la felicidad y luego me di vuelta despacito, miré el piso y luego me dirigí a acostarme, no fuera a ser que por apurado, pisara a algún gnomito, ¿no?.

                                        Saya   Maabar

DEDICADO A LOS NIÑOS DE LA PCIA. DE ENTRE RIOS:

(LOS PERONAJES SON AUTÉNTICOS Y VIVEN O VIVIERON EN DICHA PROVINCIA)

LAS MEDIAS DE MAMA

Durante las horas silenciosas de la siesta sagrada en las tardes tórridas de mi pueblo; entre una pila de ropa seca y otra ya planchada, Doña Juana desliza prolijamente su plancha sobre los pliegues de la camisa almidonada que descansa sobre su mesa de planchar.

El calor no la intimida, dobla cada prenda con estudiado esmero y la va colocando a su diestra. Así transcurre una de tantas tardes dentro de ese hogar modesto pero impecablemente ordenado.

A pesar de la tierra que pugna por entrar dentro de la casa; el polvo parece detenerse ante la puerta del zaguán, como temiendo invadir el hall pulcramente cuidado. Mientras Doña Juana termina su tarea y se prepara - como sus vecinas - a escuchar la novela de la tarde que nunca se pierde, afuera, con un sol que parece una nube de fuego, abrazándolo todo, entre los añejos paraísos verdes y frondosos, cercanos al río Gualeguaychú, los gurises cobijados a la sombra, trazan su estrategia: "Betito, hoy te toca a vos" dice un chico regordete y medio rubión. ¡Otra vez a mí!, iNo!, la última vez mi vieja casi me mata. ¿Y vos Abelardo?, pregunta Oscar. - No sé, mi mamá esconde sus medias, desde la última vez que justo le robé una del par nuevo que le habían traído de Buenos Aires. Indignado, Chiche dice: no hay nada que hacer, todo lo tengo que hacer yo.

Y entre la melodía del canto de las palomitas de la Virgen, las abejas y las moscas, únicas compañeras de las tardes calurosas del verano, siguen la discusión tratando de ver cuál es la forma menos peligrosa para obtener el tan ansiado objeto: las medias de mamá, que luego rellenas de trapos o lana constituirían la nueva pelota, desde que la última, luego de un gol, cayó rodando como una piedrecita que se desprende de un risco hasta la ribera del río y la corriente se la llevó .

En la infancia existe ese irresistible deseo por todo aquello que está prohibido o es arriesgado; más aún, cuando de ese riesgo depende la algarabía de las tardes pesadamente iguales, si no es por el rodar discontinuo de la pelota de trapo. Chiche decidido dice: ¡quédense aquí!, voy a tratar de conseguir las medias de mamá.

Ante el silencio de los demás y sus miradas expectantes Chiche retoma el sendero y con sus piernitas, con ese caminar gracioso de niño gordo, se va perdiendo por la senda polvorienta bordeada de pastizales y cardos.

Los gurises charlan entre sí: ¿y si lo agarran?, dice Abelardo. No, dice Oscar, las va a traer. Lo dice con una seguridad en la voz que no coincide con la luz de miedo que brilla en sus ojitos.

Betito no opina, sólo calla, como hace siempre que se siente culpable por no haber hecho algo que considera que era su deber, calla y espera.

La casa de Chiche tiene un portón que a alguno de la casa se le ocurrió pintar de rosado y que él considera "color de niña", impropio, según su saber, siendo cuatro hermanos varones. La puerta con alambre tejido se encuentra abierta., entra y ve a su madre dormitando sobre el sillón mientras en la radio resuenan las palabras románticas dirigidas por un Conde a su enamorada.

Recorre el dormitorio de sus padres de punta a punta, hasta que se acuerda de una caja de madera donde habitualmente su madre guarda las cosas de valor. La saca del ropero y allí están las medias, silenciosamente las dobla y las pone en el bolsillo del pantalón, luego guarda la caja en su lugar y sale sin ser visto.

Cuando llega donde están esperando sus amigos, Chiche tiene la cara colorada como un tomate y las gotas de sudor le bañan el rostro, no son precisamente de calor sino más bien de miedo. Sacando pecho, dice ocultando su nerviosismo ¡ahí las tienen!, a ver si por lo menos ustedes se ocupan de armar la pelota.

Los chicos se apuran y rellenan la media de seda, al poco tiempo se los ve jugando con sus torsos desnudos, con la alegría propia que producen las pequeñas cosas, que constituyen Ios grandes tesoros de los niños que no tienen mucho, y es, a pesar de todo, el tiempo, quien les enseñará que esas cosas constituirán en su vida el mejor de sus tesoros.

El partido acaba cuando Doña Juana pega el grito de ¡a tomar la leche!; ésa es la señal, y, entre el polvo levantado por el partido, los chicos vuelven sudorosos a las casas.

Betito entra a su casa como de costumbre, hecho un verdadero desastre. Su madre lo mira resignada y le dice: andá a lavarte para tomar la leche, espero que hayas hecho los deberes. Sí mamá. Lo dice con una voz que parece indicar que quiere convencerse a sí mismo.

Ya en la mesa junto a su hermano Ricardo, Dona Juana comenta: Dona Esther está contentísima... Sus hijos la miran mientras ella habla sin mirarlos colocando el pan y la manteca sobre la mesa. Sigue: después de un mes recibió las medias de Buenos Aires que va a usar el día de la Fiesta de la Virgen, para la kermés. Pobre – continúa -  dudó tanto en hacer ese gasto, pero yo le dije: por una vez Doña Esther, de todas formas, también las podrá usar en la Navidad y el Año Nuevo, ¿no es verdad?

Hablaba y se respondía a sí misma, los hijos comían escuchando respetuosamente, pero Betito había adquirido un color pálido que alternaba con sofocones colorados en su rostro morocho, y, al ver que no probaba bocado, su madre le preguntó ¿te sientes enfermo? No, se apresuró a contestar Betito, me olvidé que tenía que decirle algo a Chiche, ¿Puedo ir?

Dona Juana: ¡desde ya que no!, se lo dirás mañana en la escuela, tú sabes

que tienen que ayudarme a preparar el asado para la cena. Su padre llega a las ocho en punto.

Para Betito, esperar hasta el otro día significaba un calvario. Faltaban dos semanas para el día de la Virgen, pero si a la madre de Chiche se le ocurría ir a mirar sus medias... y si no lo hacía, ¿qué pasaría cuando las fuera a buscar el día de la procesión de la Virgen? .Ya veía a Chiche mirando por la ventana de su casa la kermés como castigo.

A la mañana siguiente, Betito ya estaba en la escuela cuando llegaron los demás, apenas saludó cuando tomó a Chiche del hombro y le dijo: ¡qué hacemos!, me dijo la mama que las medias que usamos para hacer la pelota las compró tu vieja para la Fiesta de la Virgen en Buenos Aires. Chiche, tras que era rosado como un capullo de rosa, se puso rojo, en todas las tonalidades.

Después de la escuela y de almorzar, se volvieron a juntar bajo los Paraísos, ¿qué hacemos?, luego de que todos expresaran ideas como: pedir perdón, contar la verdad, aguantar el castigo y no sé cuantos intentos desesperados de salvación; Chiche con toda hidalguía dijo: No puedo hacer nada, ¡lo hecho, hecho está!, y tomando una bocanada de aire dijo: debo esperar hasta el día de la Fiesta, los otros chicos se miraron entre sí, pero era la única posibilidad ya que con los ahorros de todos no podrían llegar a comprar las medias y, además, tardarían mucho en llegar, igualmente no estarían a tiempo.

Ese día no hubo partido, todos taciturnos, en sano compañerismo al seguro castigado Chiche, se quedaron en la ribera del río jugando con un palito a hacer firuletes en el agua o a escuchar los pájaros y decir uno que otro chiste que ese día no producían risa.

Los días fueron pasando lentamente, pero más desesperadamente lentos que a nadie, para los chicos que esperaban la festividad de la Virgen, pero no como siempre, mas bien, como el día en que iban a ajusticiar a su amigo.

Los preparativos y los comentarios de todos les impedían olvidar por un segundo la sombra del peligro que se alzaba sobre ellos.

El día anterior a la festividad, las calles ya se hallaban adornadas, en las casas se preparaban las velas para la procesión y ricas rosquillas y otras delicias que reposaban sobre las mesadas de las casas para la kermés.

Ese día, los chicos no pudieron reunirse, tenían que ayudar en las casas, eso aumentó la intriga sobre los acontecimientos del día siguiente en la casa de Chiche.

Al otro día todo era algarabía en las casas del pueblo, los senderos que llevaban a la Iglesia, se veían colmados de familias que lentamente se dirigían a ella con sus mejores galas de domingo y las niñas con hermosos listones celestes, blancos y amarillos en sus cabellos. Los niños con sus zapatos de día de fiesta y su pelo duro de gomina, avanzaban junto con sus padres en silencio.

En la casa de Chiche reinaba una tranquilidad que lo atormentaba, su madre se estaba cambiando, y el se veía ya colgado de un árbol o no pudiendo sentarse luego de los azotes que le iba a propinar su madre cuando saliera del dormitorio luego de un grito de desesperación al no encontrar las medias. Pasaban los segundos, los minutos y el esperado grito que no se hacía escuchar ponía más desasosiego e inflamaba aún más las rojas mejillas del regordete. Su padre Don Lalo, con gesto adusto, fumaba su pipa bajo el alero del patio. De pronto, la puerta del dormitorio se abrió. Chiche observó la cara de su madre. Entonces ella le dijo: no pongas esa cara ¡vamos a una Fiesta y no a un velatorio! Incrédulo, Chiche miró de arriba abajo a su madre y vio que sus piernas lucían un brillo diáfano de medias de seda. Ante su incredulidad y sorpresa, escuchó a su madre que decía: Lalo, ya estoy lista. Y con firmeza tomó a su hijo de la mano y salieron por el portón rosado.

En el patio de la Iglesia, Abelardo, Oscar, Chacho y Betito - siempre el más callado y serio - esperaban ver llegar a los padres de su amigo para poder observarles las caras y de ahí deducir el destino que había sufrido su amigo. Se sentían culpables, todos habían jugado con esa pelota y no estaban dispuestos a que Chiche cargara sólo con la culpa. Ya estaba decidido. Ellos hablarían con los padres.

Mientras atisbaban el sendero que provenía de la casa del niño, vieron aparecer las figuras altas y rubias de Dona Esther y Don Lalo, que no podían negar su ascendencia vasca. Al no ver a Chiche; tomaron coraje y se acercaron. Temblorosos, hablaron: Dona Esther... dijo Betito...Sí, dijo la señora rubia de cutis ajado. Entonces, Abelardo prosiguió: Chiche no es culpable...sus medias... Entonces, Oscar tomó la palabra: es decir, sus medias las usamos todos para jugar a la pelota, si Chiche fue castigado, queremos que sepa que todos nosotros somos culpables. Ante la sorpresa, Dona Esther se quedó atónita. Los gurises la escudriñaban esperando su respuesta, cuando de pronto vieron aparecer a Chiche pateando una chapita. Todos a la vez miraron a Doña Esther y ella a Chiche. Cuando éste se acercó lo suficiente, mirando a su hijo dijo: hubiera deseado que fueses tú el que me contara que habías robado mis medias. Ante estas palabras, Chiche enmudeció mientras de reojo mandaba no sé qué maldición de niño descubierto a sus amigos; pero su mama prosiguió: siendo hoy el día de la Virgen voy a perdonarte en su nombre, ya que con su infinita bondad, evidentemente hizo que te equivocaras y sacaras las medias zurcidas por Doña Matilde.

Los niños se miraron entre sí, incapaces de comprender tanta bondad y tanta suerte, y, más creyentes que nunca de que la mano de la Señora Celestial los había salvado. Llenos de vergüenza, recibieron una sonrisa de perdón y cuando tuvieron que reunirse con sus padres para entrar a buscar sus velas para la Misa, lo hicieron con la tranquilidad de no ser castigados, pero con cierto dejo de culpabilidad ante el dulce perdón de Dona Esther .

La fiesta fue hermosa, de todos lados venían para la procesión, Doña Juana y sus hijos ayudaban a preparar las mesas, así como las demás señoras y los otros chicos.

Cuando estaba Doña Juana disponiendo el chipá en una fuente, Betito vio con terror como se acercaba Doña Esther. Abelardo y Oscar observaban desde dos mesas cercanas. Dona Juana dijo: ¡que hermosas son esas medias Doña Esther! Esperando la contestación de la mamá de Chiche, los niños ni respiraban. De pronto se escuchó la tierna voz de la señora: ¿Son lindas verdad? , y prosiguió: estaba pensando, deberíamos guardar las medias que ya no tienen arreglo para evitar que nuestros hijos nos saquen las nuevas. ¿No le parece Doña Juana? Me lo va a decir a mí;  hace tres meses atrás, Betito. ..Así siguió contándole cuando su hijo le había sacado las medias traídas de Buenos Aires, entre fuentes que iban y venían, las madres sonriendo siguieron charlando mientras caminaban.

Muchas fueron las veces que volvieron a equivocarse, pero ya hombres, tanto para ellos como para sus madres, la pelota de trapo vive en sus memorias como símbolo de la inocencia y fantasía de la niñez, la picardía sin maldad y el eterno recuerdo de las "medias de mamá".

                                                               Saya Maabar

Los mil perritos:

Autor Desconocido.

Se dice que hace tiempo, en un pequeño y lejano pueblo, había una casa abandonada.

Cierto día, un perrito buscando refugio del sol, logró meterse por un agujero de una de las puertas de dicha casa. El perrito subió lentamente las viejas escaleras de madera. Al terminar de subir las escaleras se topó con una puerta semi-abierta; lentamente se adentró en el cuarto. Para su sorpresa, se dio cuenta que dentro de ese cuarto habían 1000 perritos mas observándolo tan fijamente como el los observaba a ellos.

El perrito comenzó a mover la cola y a levantar sus orejas poco a poco.

Los 1000 perritos hicieron lo mismo.

Posteriormente sonrió y le ladró alegremente a uno de ellos.

El perrito se quedó sorprendido al ver que los 1000 perritos también le sonreían y ladraban alegremente con el!.

Cuando el perrito salió del cuarto se quedó pensando para si mismo:

Qué lugar tan agradable! Voy a venir mas seguido a visitarlo!"

Tiempo después, otro perrito callejero entró al mismo sitio y se encontró entrando al mismo cuarto.

Pero a diferencia del primero, este perrito al ver a los otros 1000 perritos del cuarto se sintió amenazado ya que lo estaban viendo de una manera agresiva.

Posteriormente empezó a gruñir; obviamente vio como los 1000 perritos le gruñían a el.

Comenzó a ladrarles ferozmente y los otros 1000 perritos le ladraron también a el.

Cuando este perrito salió del cuarto pensó:

"Que lugar tan horrible es este!

Nunca mas volveré a entrar allí!"

En el frente de dicha casa se encontraba un viejo letrero que decía:

"La casa de los 1000 espejos".

"Todos los rostros del mundo son espejos"...

 

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