EL ESPEJO QUE EMBELLECE

(fábula)

 

El horrible ogro que todos odiaban compró en la tienda un espejo de su propio tamaño.

Lo colocó en uno de los muros de su palacio.  Podía verse en él de cuerpo entero.

El vendedor le había asegurado algo que terminó por convencerlo.

- Este espejo lo embellecerá, mi excelentísimo señor, se verá usted en él como siempre quiso verse.

 

Pasaba horas el ogro frente al espejo comprobando sus bondades.

 

Era cierta la promesa del tendero, podia verse allí como siempre había soñado ser.

 

Cambió el ogro su mirada sobre sí mismo, y consiguió que todos lo vieran distinto, a pesar de que su cuerpo no se había transformado.

Ya no era tan horrible para los demás, porque había comenzado a embellecerse para él.

 

Ya no era odiado por todos, porque habia aprendido a quererse en el espejo.

 

Moraleja:

Descubrete a tí mismo con amor, para que los demás comiencen a quererte.

 

 

La belleza siempre impacta.

 

Nadie puede dejar de reconocer que la belleza física es un factor deseable y deseado y que, en primera instancia, puede abrir muchas puertas.

 

Pero más allá de favorecer un primer acercamiento, no asegura nada.

 

La belleza física, de por sí, no puede asegurar la perpetuidad o la continuidad de los sentimientos despertados por la persona que la posee.

 

 

 

La belleza interna, la belleza del espíritu, en cambio, puede perpetuar los sentimientos y hacer que los mismos perduren incluso después de la muerte... y en el recuerdo.

 

Y además, con la belleza interior sucede un fenómeno opuesto a lo que sucede con la belleza externa.

 

El paso de los años desluce inexorablemente las bondades del cuerpo.

 

Y aunque se lo cultive y hasta se lo someta a cirugías, su belleza decrece con los años.

 

En cambio, para quienes cultivan lo lindo de su interior, con el paso del tiempo ocurre lo contrario: El cuerpo envejece, pero el espíritu se hace cada vez más noble y más hermoso.

 

Por eso, cuidemos nuestro cuerpo, es importante.

 

Pero fundamentalmente cuidemos nuestro espíritu, ya que es muchísimo más importante.

 

Y enseñemos a nuestros hijos a cultivar y valorar la belleza interior.

 

Esa, que es la que despierta sentimientos verdaderamente auténticos y duraderos, que son, en definitiva...los únicos que sirven.

G.F.

 

Dany Susevich

Flores, Ciudad Autónoma de Bs. As.

República Argentina

 

 

Mensaje citado por Marta Margarita <mita522002@yahoo.com.ar>:

 

EL DÍA EN QUE EL TIEMPO SE DETUVO.

Por Agustín Serrano Serrano.

 

 

Un miércoles, veintisiete de julio, amaneció en la gran ciudad sin nombre y sin lugar. Una urbe de nuestra época, sin mayor belleza que la que sus habitantes, a trazos de aquí y de allá, le habían dado. Fue un amanecer veraniego. Con el sol despuntando radiante y henchido de calor. Sin una sola humareda de nubes. Un amanecer azul y limpio. Casi tanto como el que sólo los enamorados son capaces de citar.

Una mañana perezosa y algo ociosa, que por humana inercia, arrancó como de costumbre. Con los limpiadores viarios y sus botas de agua, lavando la cara tras el nocturno sueño a las calles. Panaderos que, en raudas carreras por amplias avenidas, transportaban el pan como jubilados a las palomas. Persianas que se abrían, mostrando escaparates; los ojos de la imagen y el consumo.  

Chaquetas y corbatas, envolviendo a humanos maquillados, afeitados y engominados. Voces. Bocinas. Saludos. Vituperios. Carteras. Papeles. Ascensores que subían y bajaban. Puertas abiertas. Umbrales pisados por suelas matinales. Escalones impulsando a piernas en minifaldas y en pantalones.

En la gran, y sin nombre, metrópoli, amaneció. Como un día más. Y la vida se paseó con la sola intención de hacer vivir a sus habitantes. La vida se trasladó de lengua en lengua. De portada en portada de prensa. De telediarios matutinos a cafés y tostadas. Informando. Nutriendo. Viviendo. Y muriendo.

 

La mañana continuó con su firme paso. Paso de albañiles a los andamios. De niños al colegio de verano. De parados en busca de su suerte en forma de ocupación o desocupación. De carreras. De caídas. De bolsas y de noctámbulos que aún se aferraban a las últimas gotas de la noche; gotas mezcladas con las de la orina de somnolientos vagabundos. Un llanto existencial, que entre otros sonidos, se entremezcló y se propagó por antenas de radio y televisión, y por la insana contaminación.

 

El sol en su cenit y la mañana al mediodía llegó, apurando un cigarrillo escondido. Contando los minutos para el almuerzo y el asueto, la mañana se despidió, amenazando con volver. Pero la ciudad, con su sonrisa de acero, seguía intacta, solo que con otra luz. Con más voces. Más bocinas e improperios. Y más prisa.

Para la tarde se dejó lo inacabado. Para la tarde las visitas a psicólogos, peluqueros y dentistas. Para la tarde la realidad de la relajación. Las familias. Los coches aparcados. Las series de televisión. El chateo y la diversión.

 

Y fue en la tarde cuando sucedió. Cuando el sol, que no sabía nada, aseguró, se retiraba a otras latitudes. Fue en la tarde cuando el tiempo, caprichoso y juguetón, se detuvo. No fue un momento mágico, pues el tiempo es sólo tiempo. Pero fueron diez segundos tan fantásticos, que nadie lo percibió. Sólo yo.

 

Desde la catacumba más profunda de la capital, hasta los límites de la Heliopausa, todo el cosmos se paró. Las agujas de los relojes frenaron su caminata. Los sonidos dejaron de decir quiénes eran. Las voces se taparon. La naturaleza, por primera vez en su evolutiva historia, se interrumpió, y ni con su magnificencia e inigualable capacidad de respuesta, supo dar una científica explicación.

Un traumatismo mundial inadvertido. Y nadie supo lo que pasó. Fue el día en que el tiempo se detuvo.  

Sin embargo, el tiempo no tiene una sola dimensión, y aunque los planetas dejaran por un lapso de orbitar, el sol de energía procesar y los humanos de pensar, en ése preciso instante, otro tiempo siguió su curso. Pues los tiempos se envuelven uno a otro. Y aunque uno, el más conocido, se pare, siempre hay otro que continúa y dirige esa parada…  

 

-        Vaya. ¿Y todo eso sentiste cuando me besaste por primera vez?

-        Así es.

-        ¿Y eso demuestra que me amas?

-        No puedo responder a esa pregunta con un solo corazón.

-        ¿Y cómo puedo saberlo?

-        Besándome y volviendo al día en que el tiempo se detuvo.

 

  

FIN

 

 

 

Fuengirola, 20 de agosto de 2006.

 

Dedico este relato a Carmen Nazxa, de Ciudad Real.

Futura gran dama de la literatura y amiga.

www.canal-literatura.com/htmltonuke.php?filnavn=relatos.html

 

CAMPO DE FRUTILLAS PARA SIEMPRE

Reían y en la casa entraba una fragancia como la que llega con los primeros días de la primavera.

A veces aquel chico podía escucharlos canturreando alguna melodía mientras revisaban el cuarto de las herramientas, acomodando y desacomodando un sinfín de veces los martillos, las cajas con clavos y tornillos, los cien mil destornilladores.

El tomaba una vieja radio o un reloj pulsera de cuerda que no funcionaban y se trenzaba en un feroz combate del que, de vez en cuando, conseguía salir victorioso.

En tanto, desde la cocina asomaba el humo del café recién preparado y el aroma tentador de las tortas de ella.

Aquel chico jugaba en medio de sus vocees de sus bromas, devoraba los sandwiches que él servía y descubría cada día un objeto curioso en el fondo de un cajón. De alguna forma, se daba cuenta de que se amaban.

Aquel chico..., era yo.
El y ella eran mis abuelos y con alguna excepción, eran iguales.

Recuerdo los almuerzos de los domingos, el gran comedor que juntaba a toda la familia, mi abuela bendiciendo la mesa, la conversación de los grandes en el living después del postre.
Recuerdo, también, cuando mi abuelo me llevaba a
pasear ¡esos eran paseos! Nos sentábamos en una confitería de la calle Florida y yo pedía tostados de jamón y queso y coca-cola.

Pero antes que ninguna otra cosa, recuerdo perfectamente los días que pasé con los dos en el campo, en la estancia de mi bisabuela. Para no utilizar la casa, mi abuelo enganchó al Falcón la casa rodante y manejó hasta San Antonio de Areco, una localidad en la provincia de Buenos Aires que ayudaron a fundar mis antepasados irlandeses.

Al alba, abría la puerta de la casa rodante y pisaba el pasto empapado del roció matinal. El único sonido lo producían los pájaros, los perros y algún caballo, además del motor que el peón de la estancia adaptaba para diferentes usos.

Una mañana de aquellos días mi abuelo se acercó hasta mí con su andar campestre y el tono de voz cálido, me lanzó: Vamos a buscar algo rico, que te va a gustar. Anda a traer un balde que esta en la galería de la casa!

Duraznos, pensé enseguida, unos duraznos grandes y dulces o, por qué no, ciruelas, y mis pies salieron como impulsados por una catapulta romana.

Los dos caminamos por el terreno que pasaba detrás de la casa y, doblando a la derecha, seguimos unos ciento cincuenta metros hasta que llegamos a un lugar que yo no conocía, a pesar de que hacían tres o cuatro días que habíamos llegado. El sitio eran varias parcelas de frutas. En una de ellas, se agolpaban las frutillas más grandes y rojas que yo había visto hasta ese día, una catarata del comestible más delicioso de la Creación.

Siendo aun mas chico, las inyecciones fueron mi infierno y las frutillas mi Paraíso.

Mi abuelo me conocía bastante bien y aquel día decidió hacer algo que después nadie pudo imitar: agasajarme con un balde cargado de frutillas que yo mismo recogí del suelo, como si hubieran sido monedas de oro macizo.

Volvimos a la ciudad; ellos a su casa de la calle Perú y yo a la mía, con Papá y Mamá.

Los años pasaron y casi ni me di cuenta. Tuve quince años, despues terminé la secundaria, un día tenía veintiún años y me fui de casa. Ese mismo año mi abuelo murió. Diez años más tarde, un negro y lluvioso día del verano, mi abuela también fue a descansar junto a él, en el cementerio de San Antonio de Areco.

Ahora tengo treinta y dos años. A menudo escucho por las mañanas el entrañable sonido de sus voces y me despierto y me siento en la cama, pero no puedo levantarme. Estoy solo. Mis abuelos ya no están.

Gastón López Dowling
32 años
Larrea 80 Capital Federal (Argentina)

 

 

Escríbele al autor

gastonld@yahoo.com;

 

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