PARA PAPA

 

 

¿No los ves?

 

Papá es el único en el mundo que me da monedas con barriletes…

Sí, porque con cada moneda que él me da viene flotando su corazón…

¿No los ves?

 

                                       Saya   Maabar

 

A mi padre…

 

El es el silencio que ahoga los temores sin decir una palabra…

El es el calor que entibia el frío del temor en mi alma…

El es el frío que atempera la furia de mi juventud…

El es la palabra que llena los vacíos de mi soledad…

El es el sabor que da gusto a la insatisfacción de mis días…

El es la alegría que pone risas en mi boca y borra la amargura…

El es el plato en la mesa de todos los días, aunque yo no llegue…

El es los recuerdos que yo olvidé…

El es lo cotidiano que me enseño a disfrutar…

El es lo que seré porque, me enseñó a elegir…

El es lo que amaré porque él me enseñó lo que es el amor…

El es la vida porque él me hizo perder el miedo  a la muerte…

El es todo lo que puedo esperar y desear…

El es y será siempre, mi padre…

 

                                                        Saya  Maabar

 

 

Papá: eres un árbol

 

 

Ayer cuando venía de la Escuela me llamó la atención un árbol: tenía un tronco grueso y unas raíces que se abrían paso por entre las baldosas y se hacían ver. Tenía una copa frondosa y llena de pájaros que se resguardaban del viento y la lluvia. Cuando lo miré bien, no pude menos que detenerme y ¿sabés una cosa papá?: ese árbol me hizo acordar a vos.

Sí, a vos. Porque vos sos mi techo, mi sostén, mi guía y mis raíces. Vos me protegés de los vientos del fracaso y de la lluvia del dolor y los contratiempos de la vida.

¿Sabés una cosa, papá? En este Día del Padre voy a plantar un árbol cerca de la puerta en nuestra casa. Así, cuando vos seas viejo ese árbol va a haber crecido, como yo, y entonces siempre me hará recordar, que es el momento de que yo me convierta en tu árbol: sea tu sostén y tu protector. ¡Gracias Padre! Por ser mi padre…

 

                                                                    Saya  Maabar

 

¡Gracias abuelo!

 

Hoy revisando el altillo, a pesar de mi artrosis y de los rezongos de mi mujer, encontré un papel de cuaderno doblado en cuatro. Lo abrí y me di cuenta que la letra era de mi nietito Pablo, me senté entre las cajas a leer el pequeño escrito, con mucha atención.

Desde abajo mi esposa me apuraba diciendo: ¿ahora se te ocurre arreglar el altillo? Está por llegar tu hijo y tu nieto ¡Es el Día del Padre! ¿te abordas?, me dijiste que me ibas a ayudar a envolver los regalos para ellos…y bla…bla…bla…

Sí, ya voy…respondí mientras me aprestaba a leer. Abrí la hoja y acercándome a la luz leí lo que estaba escrito con esas regordetas letras infantiles: “Querido abuelo, me gustaría decirte esto, pero me da vergüenza. Pienso que algún día arreglarás el altillo y lo verás, espero que lo hagas pronto. Han pasado muchos días del Padre y siempre lo festejamos con papá y mamá en tu casa, pero me di cuenta que nunca te desee ¡Feliz Día del Padre! a vos, como lo hacía la abuela.  Aunque soy chico todavía me doy cuenta que yo no tendría papá si vos no hubieses sido padre también, es decir yo soy nieto, porque vos fuiste padre. Por eso quiero que cualquiera sea el día en que leas esta carta, sepas que siempre te deseo de corazón un ¡Feliz Día del Padre! Si puedo algún día te lo voy a decir con mis propias palabras, ¡Te quiero mucho abuelo! Estaba su firma redondita de “Pablito”.

En ese momento sentí la vos de mi esposa que decía: llegaron los chicos…

Entonces, doble de nuevo la hoja de cuaderno, la puse en el bolsillo de mi camisa y bajé.

-         ¡Hola hijo! ¿Cómo estás? ¡Feliz Día del Padre!

-         ¡Gracias Papá!

-         Saludé a Elena mi nuera y vi que tímidamente asomaba su carita Pablito.

Me acerqué a él y levantándolo en brazos le dije:

-   ¡Feliz Día del Nieto-Hijo!

-         Con su carita sonrojada me abrazó

-         Tengo algo que decirte, en secreto, le dije…

-         Acercó su oreja a mi boca y entonces le hablé: ¿sabes que descubrí?

-         Con la cabeza me hizo señas de que no sabía…

-         Entonces me acerqué de nuevo y le dije: descubrí que si vos no hubieras nacido, no tendría nieto y entonces “no sería abuelo” y tu padre no hubiera sido “padre”

-         Con cara de asombro me sonrió y luego me dijo:

-         Abuelo: ¿limpiaste el altillo?

-    La abuela llamo a la mesa, vamos a comer ¿te parece?

-    Vamos abuelo, pero siempre seguí arreglando el altillo,

 -  ¿me lo prometés?

-     ¡Por supuesto!, palabra de abuelo…

 

                                                       Saya  Maabar

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